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Miércoles, 04 de Octubre de 2017
El hombre de la sonrisa de oro

No recuerdo la plaza. Tampoco el año. Era un niño. Un niño con pocos años. Sí recuerdo que ya me gustaban los toros. De hecho, y aunque no había ido todavía a casi ninguna plaza de toros excepto la de mi pueblo, veía con pasión cada corrida que retransmitían por Televisión Española. Un día, de repente, aparecieron varios toros grises en una de aquellas corridas que veía con tanto entusiasmo. Y uno tras otro fueron captando mi atención de menos a más, como las buenas faenas. Sí que recuerdo que uno de los toreros de aquella tarde fue Francisco Ruiz Miguel, que por cierto estuvo sensacional con la corrida. Y me acuerdo de él y no de los otros dos toreros por la sencilla razón de que como he dicho, aparte de cuajar una gran tarde de toros, aquella cara y aquella forma de hablar del torero de San Fernando se quedaron grabadas en mi mente para los restos.

Como digo, toro tras toro de aquella lejana corrida me hicieron clavarme a la silla y no levantarme ni para ir al baño. Aquella tarde, cuando acabó el festejo, me di cuenta de que algo había pasado. Algo distinto a lo que otras veces había pasado. Esa tarde no me había levantado ni una sola vez de la silla, cosa que en otras corridas sí hacía. Había sentido una emoción distinta a la habitual a mi tan corta edad. Había visto seis toros bravos. Había visto la emoción en los tendidos, las fuertes ovaciones a cada toro en el arrastre, la alegría en la cara de los que habían tenido la suerte de presenciar un espectáculo de tamaña importancia.

Recuerdo que en el transcurso de la corrida, de vez en cuando, las cámaras enfocaban a un señor bajito, con poco pelo y grandes orejas. Recuerdo también que llevaba una camisa a cuadros y una americana gris oscura. Fumaba un gran puro que poco a poco se iba consumiendo entre sus dedos. Y era curioso: cada vez que aparecía en la pantalla lo hacía riendo. Riendo de satisfacción. De alegría. Y en el fondo de esa risa sobresalían unas muelas de oro. Yo, como buen niño impresionable a esa edad, alucinaba cada vez que veía esas muelas de oro en aquel señor. «¿Cómo podía ser que un señor tuviera muelas de oro?», recuerdo que pensé. «Ese señor tiene que ser muy, pero que muy importante», me repetía sin cesar. Y vaya si lo era. Esa misma noche supe quién era aquel hombre de tez ruda y campesina surcada por la dureza del trabajo al frío intenso y al calor despiadado: era ni más ni menos que Victorino Martín Andrés. Y lo era en la mejor etapa profesional de su vida.

Es por ello que hoy he querido relatar mi primer recuerdo de Victorino y de sus victorinos. Mis primeras emociones con los cárdenos. Aquella sonrisa de oro permanente en un hombre que se sabía triunfador en una vida llena de obstáculos y dureza. De niñez entre las bombas de una guerra cruel. De trabajo y más trabajo. De preocupaciones de sol a sol. Desde aquel día los victorinos ya nunca dejaron de emocionarme. Y daba igual: el bueno, el regular, el malo, la alimaña... De todos siempre había algo distinto a todo lo conocido. Algo que hacía y sigue haciendo afición en todo aquel que se deja llevar por las emociones.

Victorino nos dejó para siempre. Sin embargo, su recuerdo y su legado permanecerán eternamente, salvaguardados por un hijo que sin duda ha sido y es su mejor obra, por encima incluso de sus infinitos logros como ganadero. Descanse en paz, don Victorino. Yo le seguiré recordando con aquella sonrisa permanente en su rostro. Con aquella sonrisa de satisfacción por el trabajo bien hecho. Por la apuesta ganada. Por el triunfo de sus toros. Por el triunfo de la Fiesta. Yo siempre le seguiré recordando con aquella sonrisa de oro. Su sonrisa de oro.

Miércoles, 04 de Octubre de 2017
El hombre de la sonrisa de oro

No recuerdo la plaza. Tampoco el año. Era un niño. Un niño con pocos años. Sí recuerdo que ya me gustaban los toros. De hecho, y aunque no había ido todavía a casi ninguna plaza de toros excepto la de mi pueblo, veía con pasión cada corrida que retransmitían por Televisión Española. Un día, de repente, aparecieron varios toros grises en una de aquellas corridas que veía con tanto entusiasmo. Y uno tras otro fueron captando mi atención de menos a más, como las buenas faenas. Sí que recuerdo que uno de los toreros de aquella tarde fue Francisco Ruiz Miguel, que por cierto estuvo sensacional con la corrida. Y me acuerdo de él y no de los otros dos toreros por la sencilla razón de que como he dicho, aparte de cuajar una gran tarde de toros, aquella cara y aquella forma de hablar del torero de San Fernando se quedaron grabadas en mi mente para los restos.

Como digo, toro tras toro de aquella lejana corrida me hicieron clavarme a la silla y no levantarme ni para ir al baño. Aquella tarde, cuando acabó el festejo, me di cuenta de que algo había pasado. Algo distinto a lo que otras veces había pasado. Esa tarde no me había levantado ni una sola vez de la silla, cosa que en otras corridas sí hacía. Había sentido una emoción distinta a la habitual a mi tan corta edad. Había visto seis toros bravos. Había visto la emoción en los tendidos, las fuertes ovaciones a cada toro en el arrastre, la alegría en la cara de los que habían tenido la suerte de presenciar un espectáculo de tamaña importancia.

Recuerdo que en el transcurso de la corrida, de vez en cuando, las cámaras enfocaban a un señor bajito, con poco pelo y grandes orejas. Recuerdo también que llevaba una camisa a cuadros y una americana gris oscura. Fumaba un gran puro que poco a poco se iba consumiendo entre sus dedos. Y era curioso: cada vez que aparecía en la pantalla lo hacía riendo. Riendo de satisfacción. De alegría. Y en el fondo de esa risa sobresalían unas muelas de oro. Yo, como buen niño impresionable a esa edad, alucinaba cada vez que veía esas muelas de oro en aquel señor. «¿Cómo podía ser que un señor tuviera muelas de oro?», recuerdo que pensé. «Ese señor tiene que ser muy, pero que muy importante», me repetía sin cesar. Y vaya si lo era. Esa misma noche supe quién era aquel hombre de tez ruda y campesina surcada por la dureza del trabajo al frío intenso y al calor despiadado: era ni más ni menos que Victorino Martín Andrés. Y lo era en la mejor etapa profesional de su vida.

Es por ello que hoy he querido relatar mi primer recuerdo de Victorino y de sus victorinos. Mis primeras emociones con los cárdenos. Aquella sonrisa de oro permanente en un hombre que se sabía triunfador en una vida llena de obstáculos y dureza. De niñez entre las bombas de una guerra cruel. De trabajo y más trabajo. De preocupaciones de sol a sol. Desde aquel día los victorinos ya nunca dejaron de emocionarme. Y daba igual: el bueno, el regular, el malo, la alimaña... De todos siempre había algo distinto a todo lo conocido. Algo que hacía y sigue haciendo afición en todo aquel que se deja llevar por las emociones.

Victorino nos dejó para siempre. Sin embargo, su recuerdo y su legado permanecerán eternamente, salvaguardados por un hijo que sin duda ha sido y es su mejor obra, por encima incluso de sus infinitos logros como ganadero. Descanse en paz, don Victorino. Yo le seguiré recordando con aquella sonrisa permanente en su rostro. Con aquella sonrisa de satisfacción por el trabajo bien hecho. Por la apuesta ganada. Por el triunfo de sus toros. Por el triunfo de la Fiesta. Yo siempre le seguiré recordando con aquella sonrisa de oro. Su sonrisa de oro.

08 de Agosto de 2018
El ejemplo
25 de Julio de 2018
Y el banquillo curtió
11 de Julio de 2018
Las caricias
27 de Junio de 2018
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