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Especiales

Hay toreros que son especiales. Y lo son más cuanto menos torean. Da igual una, dos o tres al año. Cuanto menos mejor. Más esencia. Más sentimiento. Más lágrimas por dentro. Y no hace falta ir muy lejos en el tiempo para encontrar un buen ejemplo. ¿Quieren uno? Diego Urdiales en la pasada Aste Nagusia de Bilbao. Creo que ese ejemplo sobra y basta para mostrar a las claras lo que estoy diciendo.

Hasta su comparecencia en Bilbao el otro día, el torero riojano tan sólo había toreado dos tardes esta temporada. Arnedo y Alfaro, dos pueblos muy suyos. Dos pueblos de su tierra riojana del alma. Así de escueto todo. Así de triste. Un torero que ha sido maltratado como pocos este año a pesar de llevar casi veinte años dando la cara en todas las plazas y ante todo tipo de corridas. Un matador al que no se le ha respetado su dignidad como torero y como hombre. Y es que el pastel no es para él. Tampoco creo que le importe demasiado. Lo suyo no es el sabor de lo dulce. Es otra cosa. Lo suyo no tiene sabor. Lo suyo tiene alma. Crujío. Espíritu roto. Abandono.

Esas tres orejas de Bilbao fueron muchas tres orejas. Esas dos faenas fueron muchas dos faenas. Esa forma de torear es mucha forma de torear. ¿Para qué más? El buen toreo pone a casi todo el mundo de acuerdo. Los buenos toreros ponen a casi todo el mundo de acuerdo. Y el que no se rinda ante eso es un necio que no merece el aire que respira.

Este tipo de toreros no deberían de torear más de diez corridas al año. No les hace falta más. Eso sí, cobradas cada una como veinte o treinta de las de los otros. Y es que este tipo de torero, cuanto más torean más se vulgarizan. Porque ese tipo de toreo es pieza de coleccionista. Un rara avis que se debe de disfrutar en contadas ocasiones porque así sabe mejor. Porque lo sublime tiene que ser breve. Porque lo sublime tiene que ser escaso. Y es que no hay corazón que sea capaz de aguantar treinta o cuarenta tardes tanta emoción y tanta belleza.

A Diego Urdiales -como a otros tres o cuatro toreros más de su especie- no le hace falta nada más que catorce o quince muletazos buenos por temporada para darle la vuelta a esto. Para poner del revés a todos los demás. Y a los hechos me remito. El consumismo masivo que vivimos hoy en día en nuestra sociedad se ha extendido también a la Fiesta de los toros. Lo que importa es torear mucho. Cuanto más, mejor. Pero por suerte todo el mundo no comparte esa visión de la vida y de la Fiesta. Y es que todavía quedamos unos cuantos -no muchos-, que nos conformamos con poco y bueno. Y por suerte también todavía quedan toreros -no muchos- que nos dan justo eso que necesitamos.

Miércoles, 05 de Septiembre de 2018
Especiales

Hay toreros que son especiales. Y lo son más cuanto menos torean. Da igual una, dos o tres al año. Cuanto menos mejor. Más esencia. Más sentimiento. Más lágrimas por dentro. Y no hace falta ir muy lejos en el tiempo para encontrar un buen ejemplo. ¿Quieren uno? Diego Urdiales en la pasada Aste Nagusia de Bilbao. Creo que ese ejemplo sobra y basta para mostrar a las claras lo que estoy diciendo.

Hasta su comparecencia en Bilbao el otro día, el torero riojano tan sólo había toreado dos tardes esta temporada. Arnedo y Alfaro, dos pueblos muy suyos. Dos pueblos de su tierra riojana del alma. Así de escueto todo. Así de triste. Un torero que ha sido maltratado como pocos este año a pesar de llevar casi veinte años dando la cara en todas las plazas y ante todo tipo de corridas. Un matador al que no se le ha respetado su dignidad como torero y como hombre. Y es que el pastel no es para él. Tampoco creo que le importe demasiado. Lo suyo no es el sabor de lo dulce. Es otra cosa. Lo suyo no tiene sabor. Lo suyo tiene alma. Crujío. Espíritu roto. Abandono.

Esas tres orejas de Bilbao fueron muchas tres orejas. Esas dos faenas fueron muchas dos faenas. Esa forma de torear es mucha forma de torear. ¿Para qué más? El buen toreo pone a casi todo el mundo de acuerdo. Los buenos toreros ponen a casi todo el mundo de acuerdo. Y el que no se rinda ante eso es un necio que no merece el aire que respira.

Este tipo de toreros no deberían de torear más de diez corridas al año. No les hace falta más. Eso sí, cobradas cada una como veinte o treinta de las de los otros. Y es que este tipo de torero, cuanto más torean más se vulgarizan. Porque ese tipo de toreo es pieza de coleccionista. Un rara avis que se debe de disfrutar en contadas ocasiones porque así sabe mejor. Porque lo sublime tiene que ser breve. Porque lo sublime tiene que ser escaso. Y es que no hay corazón que sea capaz de aguantar treinta o cuarenta tardes tanta emoción y tanta belleza.

A Diego Urdiales -como a otros tres o cuatro toreros más de su especie- no le hace falta nada más que catorce o quince muletazos buenos por temporada para darle la vuelta a esto. Para poner del revés a todos los demás. Y a los hechos me remito. El consumismo masivo que vivimos hoy en día en nuestra sociedad se ha extendido también a la Fiesta de los toros. Lo que importa es torear mucho. Cuanto más, mejor. Pero por suerte todo el mundo no comparte esa visión de la vida y de la Fiesta. Y es que todavía quedamos unos cuantos -no muchos-, que nos conformamos con poco y bueno. Y por suerte también todavía quedan toreros -no muchos- que nos dan justo eso que necesitamos.

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