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Las caricias

«El toreo es caricia, y vosotras las mujeres acariciáis mejor que los hombres», le dijo Curro Romero a Cristina Sánchez el día de su alternativa en Nimes allá por 1996. Y un «olé» salió de la boca de José María Manzanares. Nunca nadie en mi opinión ha definido mejor lo que es el toreo. Hoy pocos toreros acarician. El otro día, en Algeciras, José Tomás lo hizo. Y de qué manera.

Sé que quizás puedo resultar muy reiterativo. Sé que ya se ha hablado largo y tendido de lo que ocurrió el pasado 29 de junio en Algeciras. Que ya se ha analizado por activa y por pasiva la actuación de José Tomás. Técnicamente. Artísticamente. Yo no pretendo entrar ahí. Para eso están las crónicas de los distintos medios de comunicación taurinos que indudablemente saben más que yo. Tampoco voy a entrar en la crítica fácil del hecho de torear sin sorteos y con tus toros debajo del brazo. Sabemos que eso no está bien. Que rompe la tradición. Que no se debería de repetir. Que a ningún aficionado cabal le gusta. Yo quiero ir a la caricia. A la suavidad. A la solemnidad de un torero que por desgracia no se prodiga nada. A esa serenidad a prueba de bombas que tiene él y muy poquitos como él y que rara vez vemos en una plaza de toros.

El otro día en Algeciras vimos al José Tomás más sereno. Al José Tomás menos arrebatado. Al José Tomás que acaricia con su toreo. Al José Tomás de finales de los años noventa. El bueno. El auténtico. El amanoletado. El estoico. El vertical. El que no se retuerce. El que maneja capote y muleta con la sutileza de la leve brisa del mar. El que imprime solemnidad a cada movimiento. A cada gesto que hace. José Tomás volvió a ser el otro día ese caramelo que nos dan muy de vez en cuando para no volver a probarlo hasta vete tú a saber cuando.

Vuelvo con lo de siempre: qué pena que José Tomás no se prodigue más. Qué pena que no nos deleite por lo menos diez tardes al año con esa forma sinfónica de interpretar el toreo. Como si nada de lo que ocurre alrededor tuviera importancia. Qué pena que José Tomás no nos haga ver más a menudo que no importa lo que ocurra ahí fuera porque la calma siempre se lleva dentro, en el alma. En el espíritu del que sabe esperar. Que a la fiera al igual que a la vida hay que acariciarla, no violentarla.

El toreo, el buen toreo de José Tomás, es único. Y pocos, muy pocos, saben interpretarlo como él. Y es que ese tipo de toreo de caricia, de suavidad y solemnidad no es sólo un concepto. Es una filosofía de vida que al menos a mí me hace aprender cada vez que lo admiro. Y mientras lo admiramos embelesados, nos lamentamos de que no se repita más. De que por desgracia para todos no se repita más.

Miércoles, 11 de Julio de 2018
Las caricias

«El toreo es caricia, y vosotras las mujeres acariciáis mejor que los hombres», le dijo Curro Romero a Cristina Sánchez el día de su alternativa en Nimes allá por 1996. Y un «olé» salió de la boca de José María Manzanares. Nunca nadie en mi opinión ha definido mejor lo que es el toreo. Hoy pocos toreros acarician. El otro día, en Algeciras, José Tomás lo hizo. Y de qué manera.

Sé que quizás puedo resultar muy reiterativo. Sé que ya se ha hablado largo y tendido de lo que ocurrió el pasado 29 de junio en Algeciras. Que ya se ha analizado por activa y por pasiva la actuación de José Tomás. Técnicamente. Artísticamente. Yo no pretendo entrar ahí. Para eso están las crónicas de los distintos medios de comunicación taurinos que indudablemente saben más que yo. Tampoco voy a entrar en la crítica fácil del hecho de torear sin sorteos y con tus toros debajo del brazo. Sabemos que eso no está bien. Que rompe la tradición. Que no se debería de repetir. Que a ningún aficionado cabal le gusta. Yo quiero ir a la caricia. A la suavidad. A la solemnidad de un torero que por desgracia no se prodiga nada. A esa serenidad a prueba de bombas que tiene él y muy poquitos como él y que rara vez vemos en una plaza de toros.

El otro día en Algeciras vimos al José Tomás más sereno. Al José Tomás menos arrebatado. Al José Tomás que acaricia con su toreo. Al José Tomás de finales de los años noventa. El bueno. El auténtico. El amanoletado. El estoico. El vertical. El que no se retuerce. El que maneja capote y muleta con la sutileza de la leve brisa del mar. El que imprime solemnidad a cada movimiento. A cada gesto que hace. José Tomás volvió a ser el otro día ese caramelo que nos dan muy de vez en cuando para no volver a probarlo hasta vete tú a saber cuando.

Vuelvo con lo de siempre: qué pena que José Tomás no se prodigue más. Qué pena que no nos deleite por lo menos diez tardes al año con esa forma sinfónica de interpretar el toreo. Como si nada de lo que ocurre alrededor tuviera importancia. Qué pena que José Tomás no nos haga ver más a menudo que no importa lo que ocurra ahí fuera porque la calma siempre se lleva dentro, en el alma. En el espíritu del que sabe esperar. Que a la fiera al igual que a la vida hay que acariciarla, no violentarla.

El toreo, el buen toreo de José Tomás, es único. Y pocos, muy pocos, saben interpretarlo como él. Y es que ese tipo de toreo de caricia, de suavidad y solemnidad no es sólo un concepto. Es una filosofía de vida que al menos a mí me hace aprender cada vez que lo admiro. Y mientras lo admiramos embelesados, nos lamentamos de que no se repita más. De que por desgracia para todos no se repita más.

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