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Una de Tarantino

No voy a hablar en este artículo sobre la Feria de San Isidro. No voy a hacer un resumen de ella. Para ello ya están los innumerables portales taurinos y sus respectivas crónicas que día a día se han encargado de contar lo que ha pasado en la plaza más importante del mundo. También puedes ser de aquellos que prefieren no leer ninguna opinión de nadie  y quedarse con la suya propia de lo visto cada tarde en el ruedo venteño, siempre y cuando hayas tenido la enorme suerte de asistir a casi todos los festejos. Hoy quiero hablar de otra cosa. De algo de lo que todo el mundo taurino habla estos días, por encima incluso de los triunfos de toreros y ganaderos o de los premios que se han concedido a los que han salido victoriosos en esta tremenda batalla que ha durado la friolera de 34 días.

Quiero hablar de la Presidencia de la plaza de toros de Las Ventas. De la nefasta Presidencia de la plaza de toros de Las Ventas. Y es que todavía estoy atónito. Sigo sin salir de mi asombro con lo que ha sucedido algunas tardes en el palco venteño. Y ante ello hay muchos tipos de opiniones y explicaciones al respecto. Los más exigentes dicen que la Presidencia de Madrid ha perdido la exigencia, valga la redundancia. Los menos exigentes dicen que el palco de Las Ventas se ha vuelto muy duro. Y entre medias estamos los que no entendemos nada. Bueno sí, entendemos lo que nos dice el sentido común. Y éste nos dice que el problema radica en una falta de criterio enorme. Pero criterio del bueno. De ese unificado. De ese del todos a una. De un criterio regular definido principalmente por la normalidad.

En esta Feria de San Isidro que acaba de concluir se han dado primeras orejas sin apenas petición del público, se han negado otras con petición mayoritaria, se ha concedido alguna segunda más que discutible, se ha dado un polémico rabo, se ha devuelto inexplicablemente a los corrales algún que otro toro que no se debería haber devuelto, se le ha negado la vuelta al ruedo a más de un toro que lo había merecido y se le ha concedido de forma sorpresiva a alguno que otro que no ha merecido tal premio. En fin. Como ves, un caos. Y en medio de este caos, un grupo de hombres sin duda responsables de ello. No hace falta dar nombres. Tampoco me los sé. Todo el mundo sabe quiénes son.

Jamás la plaza de Las Ventas ha tenido una falta de criterio unificado en la Presidencia como el que ha tenido este año. Jamás, que yo recuerde, ha habido un despropósito mayor en el palco de Madrid como el que ha habido este año. Años atrás el aficionado se ha quejado de este o de aquel presidente. Visto lo visto este año, lo ocurrido temporadas anteriores ha sido una nimiedad comparado con el despropósito de este año. Y es que cualquier tiempo pasado fue mejor en el palco de Las Ventas. Este año ha habido presidentes débiles. Ha habido presidentes duros y exigentes. Y ha habido alguno que otro ultra exigente. Pero lo peor de todo es que esa actitud no la han mantenido todos los días. Alguno que otro, incluso, la ha modificado según cómo se hubiera levantado ese día o hacia donde soplaba el viento esa tarde en la capital de España. Ni Tarantino hubiera hecho un guión tan surrealista.

Hay aficionados que ya están pidiendo la dimisión en conjunto del equipo presidencial de la plaza de toros de Las Ventas como consecuencia del nulo conocimiento taurino que han demostrado estos señores durante toda la Feria y de los evidentes y escandalosos despropósitos que han cometido. Y no les falta razón. Siempre he pensado que en el palco de una plaza de toros se debe de sentar un aficionado a los toros de reconocido prestigio, no un policía. Un aficionado con su correspondiente preparación teórico-práctica y su evidente titulación para desempeñar tal cargo. De hecho, ya se está haciendo en muchas plazas de importancia menor. En este caso concreto no voy a pedir dimisiones. Lo que voy a pedir es humildad. Que esos presidentes de Madrid escuchen a sus asesores veterinarios y taurinos, que son gente realmente entendida en la materia y que cada tarde están a su lado precisamente para eso: para aconsejar lo mejor posible al que tiene la autoridad para presidir. Que esos presidentes dejen sus egos aparte –sí, sé que es muy difícil y más en la primera plaza del mundo– y escuchen al que realmente sabe de salud animal o de lo que está haciendo un torero en ese momento en la arena, aunque sólo sea porque se ha vestido de luces y sabe perfectamente de lo que va el asunto. Por tanto, menos ego y más humildad. Menos ordeno y mando y más escuchar a los que saben. Y es que no hay nada mejor en esta vida que conocer y reconocer tus propias limitaciones. Sólo así se puede crecer y quizá algún día se llegue a lo más alto.

Miércoles, 13 de Junio de 2018
Una de Tarantino

No voy a hablar en este artículo sobre la Feria de San Isidro. No voy a hacer un resumen de ella. Para ello ya están los innumerables portales taurinos y sus respectivas crónicas que día a día se han encargado de contar lo que ha pasado en la plaza más importante del mundo. También puedes ser de aquellos que prefieren no leer ninguna opinión de nadie  y quedarse con la suya propia de lo visto cada tarde en el ruedo venteño, siempre y cuando hayas tenido la enorme suerte de asistir a casi todos los festejos. Hoy quiero hablar de otra cosa. De algo de lo que todo el mundo taurino habla estos días, por encima incluso de los triunfos de toreros y ganaderos o de los premios que se han concedido a los que han salido victoriosos en esta tremenda batalla que ha durado la friolera de 34 días.

Quiero hablar de la Presidencia de la plaza de toros de Las Ventas. De la nefasta Presidencia de la plaza de toros de Las Ventas. Y es que todavía estoy atónito. Sigo sin salir de mi asombro con lo que ha sucedido algunas tardes en el palco venteño. Y ante ello hay muchos tipos de opiniones y explicaciones al respecto. Los más exigentes dicen que la Presidencia de Madrid ha perdido la exigencia, valga la redundancia. Los menos exigentes dicen que el palco de Las Ventas se ha vuelto muy duro. Y entre medias estamos los que no entendemos nada. Bueno sí, entendemos lo que nos dice el sentido común. Y éste nos dice que el problema radica en una falta de criterio enorme. Pero criterio del bueno. De ese unificado. De ese del todos a una. De un criterio regular definido principalmente por la normalidad.

En esta Feria de San Isidro que acaba de concluir se han dado primeras orejas sin apenas petición del público, se han negado otras con petición mayoritaria, se ha concedido alguna segunda más que discutible, se ha dado un polémico rabo, se ha devuelto inexplicablemente a los corrales algún que otro toro que no se debería haber devuelto, se le ha negado la vuelta al ruedo a más de un toro que lo había merecido y se le ha concedido de forma sorpresiva a alguno que otro que no ha merecido tal premio. En fin. Como ves, un caos. Y en medio de este caos, un grupo de hombres sin duda responsables de ello. No hace falta dar nombres. Tampoco me los sé. Todo el mundo sabe quiénes son.

Jamás la plaza de Las Ventas ha tenido una falta de criterio unificado en la Presidencia como el que ha tenido este año. Jamás, que yo recuerde, ha habido un despropósito mayor en el palco de Madrid como el que ha habido este año. Años atrás el aficionado se ha quejado de este o de aquel presidente. Visto lo visto este año, lo ocurrido temporadas anteriores ha sido una nimiedad comparado con el despropósito de este año. Y es que cualquier tiempo pasado fue mejor en el palco de Las Ventas. Este año ha habido presidentes débiles. Ha habido presidentes duros y exigentes. Y ha habido alguno que otro ultra exigente. Pero lo peor de todo es que esa actitud no la han mantenido todos los días. Alguno que otro, incluso, la ha modificado según cómo se hubiera levantado ese día o hacia donde soplaba el viento esa tarde en la capital de España. Ni Tarantino hubiera hecho un guión tan surrealista.

Hay aficionados que ya están pidiendo la dimisión en conjunto del equipo presidencial de la plaza de toros de Las Ventas como consecuencia del nulo conocimiento taurino que han demostrado estos señores durante toda la Feria y de los evidentes y escandalosos despropósitos que han cometido. Y no les falta razón. Siempre he pensado que en el palco de una plaza de toros se debe de sentar un aficionado a los toros de reconocido prestigio, no un policía. Un aficionado con su correspondiente preparación teórico-práctica y su evidente titulación para desempeñar tal cargo. De hecho, ya se está haciendo en muchas plazas de importancia menor. En este caso concreto no voy a pedir dimisiones. Lo que voy a pedir es humildad. Que esos presidentes de Madrid escuchen a sus asesores veterinarios y taurinos, que son gente realmente entendida en la materia y que cada tarde están a su lado precisamente para eso: para aconsejar lo mejor posible al que tiene la autoridad para presidir. Que esos presidentes dejen sus egos aparte –sí, sé que es muy difícil y más en la primera plaza del mundo– y escuchen al que realmente sabe de salud animal o de lo que está haciendo un torero en ese momento en la arena, aunque sólo sea porque se ha vestido de luces y sabe perfectamente de lo que va el asunto. Por tanto, menos ego y más humildad. Menos ordeno y mando y más escuchar a los que saben. Y es que no hay nada mejor en esta vida que conocer y reconocer tus propias limitaciones. Sólo así se puede crecer y quizá algún día se llegue a lo más alto.

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