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Uno contra todos

Hay cosas que por más tiempo que pase y más corridas que vea nunca entenderé: la cabezonería. El ir contra el mundo. Contra todo y contra todos. La opinión de uno antepuesta a la de miles de personas. Puede ser una cuestión de ego. O quizá, y yo todavía no he logrado darme cuenta, una cuestión de saber más. Pero es cuanto menos raro que en cualquier ámbito de la vida una persona sola sepa más que las cientos o miles de personas que tiene a su alrededor en el mismo lugar, espacio y tiempo.

El pasado viernes en Madrid saltó la alarma de este artículo. Salta a la arena un toro que a las primeras de cambio manifiesta una flojedad plausible. El toro cae a la arena varias veces y el público presente, en su mayoría, comienza a pedir la devolución del animal a los corrales. El presidente hace caso omiso. El toro sigue perdiendo las manos y arrastrando los cuartos traseros. Arrecia la protesta. El presidente ni se inmuta. Él es el que manda. Eso debe de quedar muy claro. Se mantiene firme. Está cargado de razones para no devolverlo. La protesta cada vez es más ensordecedora. El que no tiene un pañuelo verde en sus manos está clamando a voz en grito. Pero no. No hay nada que hacer. Aquí mando yo. Cambio el tercio pese a la oposición de las casi 25.000 almas que llenan Las Ventas. Y con esa decisión condeno al público al enfado y a perderse un posible triunfo de uno de los toreros más esperados de la Feria de Otoño. Muy bien. Muy pero que muy bien.

Esa situación ocurrida en el cuarto toro de la tarde del pasado viernes en Madrid es un fiel reflejo que lo pasa día sí y día también en muchas plazas de toros. Y curiosamente casi siempre de la mayor importancia. Me llama poderosamente la atención cómo en muchas ocasiones la decisión de un hombre se antepone a la de miles de personas que no piensan lo mismo. ¿Por qué? ¿Saben más? ¿Es ego? ¿Les gusta ser protagonistas de un espectáculo en el que precisamente ellos no se juegan nada? No lo sé. Lo único que tengo claro es que el que al final paga las consecuencias –malas, por supuesto– es el espectador que ha pasado por taquilla y quiere ver un espectáculo digno donde a ser posible no se le tome el pelo. Por tanto, ¿a quién defiende la autoridad en estos casos? Porque está claro que al público no. ¿A quién no le interesa que un toro sea devuelto a los corrales? Piensen y juzguen ustedes mismos.

No estoy en los palcos presidenciales para saber si los presidentes hacen caso o no de los consejos de sus asesores. Asesores, por otra parte, que en teoría saben y mucho de materia veterinaria y del propio espectáculo taurino en sí, ya que son profesionales y entendidos en alto grado de la materia en cuestión. A los presidentes no se les exige que sepan más o menos de toros porque suelen estar en los palcos por razones que no tienen que ver precisamente con su sabiduría taurina. Pero los asesores sí están ahí por sus conocimientos profundos en la materia. Me niego a pensar que estos últimos sean tan malos como para no dar el consejo exacto en el momento oportuno. Me niego. No lo concibo. Concibo por el contrario que sí lo dan pero que los que tienen que decidir no lo hacen. Y en ese punto vuelvo al ego y a los presuntos intereses ocultos. No me queda otra alternativa. Me cuesta creer que haya personas tan tercas como para ir en contra de la opinión de miles y miles de personas.

¿Quién, por tanto, defiende al aficionado en una plaza de toros? ¿Por qué a veces una evidencia es tan difícil de ver y de valorar por quien tiene que hacerlo? ¿Cómo es posible que una mayoría esté equivocada y un sólo hombre no? ¿Acaso hay inteligencias tan supremas que pueden anular de un plumazo a todas las demás?  Misterio. Pero el muro de la incomprensión está ahí. Y seguirá estando. Y nos seguiremos chocando contra él. Y continuaremos calentándonos la sesera intentando buscar respuestas que se escapan a nuestro entendimiento. A lo mejor el único consuelo que un día nos quede será aceptar que no tenemos la razón por muchos que seamos los que pensemos de la misma manera. Y es que ya lo dice el refrán: mal de muchos consuelo de tontos. Pues eso, tontos seremos.

Miércoles, 03 de Octubre de 2018
Uno contra todos

Hay cosas que por más tiempo que pase y más corridas que vea nunca entenderé: la cabezonería. El ir contra el mundo. Contra todo y contra todos. La opinión de uno antepuesta a la de miles de personas. Puede ser una cuestión de ego. O quizá, y yo todavía no he logrado darme cuenta, una cuestión de saber más. Pero es cuanto menos raro que en cualquier ámbito de la vida una persona sola sepa más que las cientos o miles de personas que tiene a su alrededor en el mismo lugar, espacio y tiempo.

El pasado viernes en Madrid saltó la alarma de este artículo. Salta a la arena un toro que a las primeras de cambio manifiesta una flojedad plausible. El toro cae a la arena varias veces y el público presente, en su mayoría, comienza a pedir la devolución del animal a los corrales. El presidente hace caso omiso. El toro sigue perdiendo las manos y arrastrando los cuartos traseros. Arrecia la protesta. El presidente ni se inmuta. Él es el que manda. Eso debe de quedar muy claro. Se mantiene firme. Está cargado de razones para no devolverlo. La protesta cada vez es más ensordecedora. El que no tiene un pañuelo verde en sus manos está clamando a voz en grito. Pero no. No hay nada que hacer. Aquí mando yo. Cambio el tercio pese a la oposición de las casi 25.000 almas que llenan Las Ventas. Y con esa decisión condeno al público al enfado y a perderse un posible triunfo de uno de los toreros más esperados de la Feria de Otoño. Muy bien. Muy pero que muy bien.

Esa situación ocurrida en el cuarto toro de la tarde del pasado viernes en Madrid es un fiel reflejo que lo pasa día sí y día también en muchas plazas de toros. Y curiosamente casi siempre de la mayor importancia. Me llama poderosamente la atención cómo en muchas ocasiones la decisión de un hombre se antepone a la de miles de personas que no piensan lo mismo. ¿Por qué? ¿Saben más? ¿Es ego? ¿Les gusta ser protagonistas de un espectáculo en el que precisamente ellos no se juegan nada? No lo sé. Lo único que tengo claro es que el que al final paga las consecuencias –malas, por supuesto– es el espectador que ha pasado por taquilla y quiere ver un espectáculo digno donde a ser posible no se le tome el pelo. Por tanto, ¿a quién defiende la autoridad en estos casos? Porque está claro que al público no. ¿A quién no le interesa que un toro sea devuelto a los corrales? Piensen y juzguen ustedes mismos.

No estoy en los palcos presidenciales para saber si los presidentes hacen caso o no de los consejos de sus asesores. Asesores, por otra parte, que en teoría saben y mucho de materia veterinaria y del propio espectáculo taurino en sí, ya que son profesionales y entendidos en alto grado de la materia en cuestión. A los presidentes no se les exige que sepan más o menos de toros porque suelen estar en los palcos por razones que no tienen que ver precisamente con su sabiduría taurina. Pero los asesores sí están ahí por sus conocimientos profundos en la materia. Me niego a pensar que estos últimos sean tan malos como para no dar el consejo exacto en el momento oportuno. Me niego. No lo concibo. Concibo por el contrario que sí lo dan pero que los que tienen que decidir no lo hacen. Y en ese punto vuelvo al ego y a los presuntos intereses ocultos. No me queda otra alternativa. Me cuesta creer que haya personas tan tercas como para ir en contra de la opinión de miles y miles de personas.

¿Quién, por tanto, defiende al aficionado en una plaza de toros? ¿Por qué a veces una evidencia es tan difícil de ver y de valorar por quien tiene que hacerlo? ¿Cómo es posible que una mayoría esté equivocada y un sólo hombre no? ¿Acaso hay inteligencias tan supremas que pueden anular de un plumazo a todas las demás?  Misterio. Pero el muro de la incomprensión está ahí. Y seguirá estando. Y nos seguiremos chocando contra él. Y continuaremos calentándonos la sesera intentando buscar respuestas que se escapan a nuestro entendimiento. A lo mejor el único consuelo que un día nos quede será aceptar que no tenemos la razón por muchos que seamos los que pensemos de la misma manera. Y es que ya lo dice el refrán: mal de muchos consuelo de tontos. Pues eso, tontos seremos.

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