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Galería fotográfica del festejo.//SCP
A Damasco en la chilaba de un califa
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A Damasco en la chilaba de un califa
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A Damasco en la chilaba de un califa
Crónica Valencia. 11ª de la Feria de Fallas

A Damasco en la chilaba de un califa

Darío Juárez

Somos afortunados, créame. Nuestra sociedad vive tiempos convulsos, siendo un reflejo de lo que ocurre con los aficionados a los toros –o a los toreros–. Algo ha cambiado. La tensión no pasa desapercibida y es notorio en todo. La emanación de opiniones vertidas en las redes sociales hace que nuestra cabeza esté pendiente de lo que diga el uno o el otro, para que nuestro cerebro, indirectamente, seleccione a esa persona que ha tuiteado o compartido su postura, y la coloque en el punto de mira que le parezca. Desde el agrado hasta el odio. Todo vale. Sin embargo, Horroroso medía su vida bajo un aluvión inmenso de partidarios y detractores de su indulto, que llevaron su opinión al mayor de los respetos con sus posturas. ¿Por qué? Por ser eso mismo que impone un toro bravo: Respeto. Y solemnidad. Tenemos la suerte de haber vivido dos episodios en apenas tres días de suma relevancia para la cabaña de lidia. A Horroroso se ha sumado Damasco. Un gran toro de Fuente Ymbro, fiero y encastado, que demostró todo lo que se puede exigir a un toro bravo. Román perdía las orejas por la espada en éste, con el que le pudo el respeto, pero al que le supo hablar de tú en favor de una exigencia de saber lucirle y perpetrarle varios muletazos donde la muñeca se perdía en el averno. La palabra respeto también se fue para el último califa de Córdoba, Finito, que rociaba de azahar a poquitos una tarde que sin ser redonda, la cubrió de torería por donde pisó. Ginés Marín, por su parte, sorteó el lote menos destacado como lo fue su actitud también, aunque se le vio bastante mejor con el sexto. Último encierro del serial fallero el de Ricardo Gallardo, coronado como el mejor.

Volvían los recuerdos cuando al ruedo saltaba de nuevo la casta. Segundo del festejo. Damasco de nombre, cuatreño con 500 kilos exactos y un derroche de bravura para regalar en frasquitos. No lo sostuvo en el capote con quietud Román, porque se lo comía. Como de hambre se sació cuando se oxigenó en varas arrancándose de largo. El toro tenía fijeza y pedía enteros para además de demostrar su fiereza en la embestida, ser agradecido de un buen trato por parte del valenciano y su cuadrilla. De ello se encargó Iván García en un gran tercio de avivadoras, donde Damasco se arrancaba con una solera y una emoción sin paliativos. Por un momento y sin ningún parecido en hechuras, me vino a la cabeza Hechizo, de este mismo hierro, lidiado por Román el San Isidro pasado. En la boca de riego se puso de rodillas a esperar la arrancada de este animal que adelantaba el hocico en su carrera. Una arrucina con la estampa de la virgen del Carmen en la mano, de la que se acordó cuando el pitón izquierdo casi le abre la axila en dos tras querer darle un cambiado por la espalda y de rodillas. Sinceramente, pensé que en ese momento se acababa la faena porque no iba a poder con él…, como pensé con el ya citado Hechizo. Sin embargo, Román lo supo lucir de largo.

Embaucarle a la franela de tal modo que la velocidad del embroque se viera borracha de dominio en un final de muñecazo que barría las barbas de Belcebú. Damasco salía del muletazo y embestía a la banderilla que se encontraba por medio antes de hilar el siguiente con la misma entrega. Román alternó sus manos, dándoselo todo por abajo y sin probaturas. Queriendo poderle porque lucirse era complicado. Y en gran parte lo consiguió. Pero la espada pinchaba y, con ello, las dos orejas al traste. Los honores hacia el toro los puso la vuelta al ruedo que le concedió el usía. El quinto fue otro buen toro que sirvió aunque acabó viniéndose abajo y con el que Román estuvo muy correcto. Más templado y apretándole en todas las series. Sin ser una faena rotunda, pero sí con miras a otra oreja que se perdió por el acero de nuevo.

Emilio de Justo dejaba vacante el lugar que la empresa decidió otorgarle a Finito de Córdoba, el último califa. Firmemente era partidario de su no inclusión, en favor de un torero emergente, pero Juan arrancó por soleás a todo el que lo vio. El toreo barroco, el pellizco del sur, los naturales erguidos al cuarto que profesaban cadencia a través de un brochazo de caricias. La imperfección del toreo clásico, pobre de ajuste en su conjunto, pero distinto, genuino, propio... Una oreja que le supo a gloria. Del primero, Valencia se quedó con los esbozos a un toro entablerado con el que también se gustó. Fino se alargó en demasía sin lograr cogerle el tiempo exacto a la faena, cuando ésta subió de decibelios. Pese a todo, la impronta de su tarde es pura enseñanza del toreo.

Ginés Marín era el torero que cerraba el ciclo fallero de este año. Sorteó en tercer lugar un animal birrioso de condición con el que abrevió, apenas se despeinó y donde su actitud tampoco quiso decir nada más. Por momentos parecía que era un matador de 20 años de alternativa y que le estaban pasando por la derecha los jóvenes que piden paso. El noble sexto también sirvió, y fue con él con el que se pudo ver lo mejor de este torero en un toro de toma y daca. Largura, profundidad, improvisación y arrebato de amor propio. La gran estocada a cámara lenta caía en el hoyo de la puya quedándose floja, el toro tardó en caer y la oreja se quedó en una ovación.

 

  • Plaza de toros de Valencia. 11ª y última de la Feria de Fallas. Media entrada en tarde soleada. Se lidiaron seis toros de Fuente Ymbro, de correcta presentación y gran juego en líneas generales. Noble y rajado el 1°, bravo y fiero el 2°, apagado y parado el 3°, mansito y con calidad el 4°, con transmisión el 5° y manejable el 6°.
  • Finito de Córdoba (burdeos y oro): ovación con saludos tras aviso y oreja.
  • Román (corinto y oro): ovación con saludos tras aviso en ambos.
  • Ginés Marín (cobalto y oro): silencio y ovación con saludos.

 

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