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Diez minutos de una vida
Diego Urdiales cimentó en su mano izquierda una de las faenas del año.//Plaza 1
Opinión. La gran faena de Urdiales en Madrid

Diez minutos de una vida

Darío Juárez

Fue entonces cuando entró el otoño. San Miguel y su veranillo querían consolidarse cual galanes un tiempo más de lo habitual hasta ligar con el día de Santa Teresa, pero el frío ya acechaba Madrid y los ventisqueros que profanaban los recovecos de la capital, iban siendo notorios por los vomitorios que dejan al aire las vestimentas. Las terrazas colindantes a la calle Alcalá aguantaban el último arreón de la temporada antes de apilar sus mesas y sillas hasta el Domingo de Ramos. Era sólo un aviso, pero el frío ya estaba aquí. Abrigos, e incluso bufandas, eran prendas de plena necesidad para ciertos aficionados y curiosos que trazaban su ruedo particular en corrillos que se daban cita en la explanada venteña, como cada tarde de expectación por lo que allí dentro pudiera ocurrir. Bandera roja en alta mar por alerta de viento. La última del bombo empezaba su cuenta atrás, esperando en los corrales el resurgir de un tiempo pasado. Diez minutos de una vida.

Materia consagrada donde habita el olvido. Olor de otra era que embelesó a Madrid. El sabor de lo de casa, la vanidad de lo etéreo conjugada en pleitesía a los cánones sagrados del toreo clásico. Luz de mediodía que duraría un instante, en un invierno inesperado pero inminente. Diez minutos de vida que valen diez vidas enteras. El pincel limpio y aseado a la sombra de un lienzo que careció de reflejos porque todo era distinto. La retina archivó y atestiguó que lo natural no se aprende ni se calca. Es un caño que regula el temporizador de muy pocos, pero bien elegidos, cuando surge el ángel que llevan dentro. Diez minutos de una vida.

Cuarenta y tres años esperando seiscientos segundos. Una eternidad de sueños y pesadillas hasta llegar a una cima, donde su bandera ya ondeaba antes de que él llegara. Y por fin llegó. Y allí firmó su obra. Nada se quedó en el aire porque el viento no quiso llevárselo. Fue su cómplice. Un mero espectador más que, sin ningún ápice de dudas, quedó eclipsado con lo que Diego había conquistado. Todo sobraba o no era bastante. Hacía mucho que Madrid no se partía en mil pedazos con una faena tan convincente por su alto porcentaje en emoción desmedida. Hurón y Urdiales. Esa pareja de baile y entrega recíproca que hizo temblar los cimientos de la plaza más importante del mundo tal día como un 7 de octubre de 2018. Y los del sistema, también. Ese monstruo postergado en su protagonismo sin querer, cuando surge la verdad y la pureza del toreo, en diez minutos de una vida.

La vida se quedaba en silencio cuando los flashes colgaban el 'No hay billetes' en la calle Alcalá. Por ahí salía un torero, y con él, su gloria y el honor elevados al exponente propio de alguien que deja a Madrid rendido a sus pies. Cayó la noche pero quedaba lo mejor: la mañana de mañana que soñaba con diez minutos de una vida.

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