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El vuelo de una mosca
Roca Rey cortó tres orejas y salió a hombros en la séptima de San Fermín.//Emilio Méndez/Cultoro
Crónica Pamplona. 7ª de la Feria de San Fermín

El vuelo de una mosca

Leo Cortijo

Roca Rey corta tres orejas en Pamplona. Ese es el titular de la tarde. ¿Te llama la atención? A mi, la verdad, es que nada. En absoluto. A estas alturas de la película mi capacidad de sorpresa se reduce a la mínima expresión. Es triste, pero es así. En estos tiempos modernos y difíciles que vive el toreo, tres orejas en una plaza de primera ya no es ningún hito. Parece hasta sencillo de conseguir. Y no debería ser así. Al hablar de tres orejas en una plaza de primera, cualquiera pensaría en dos faenas rotundísimas y soberbias. Toreo del de verdad ante animales encastados, bravos y poderosos. Dos fuerzas midiéndose al máximo nivel. Pero, ¡qué va! A ver, no culpo a aquellos que se emocionan con el vuelo de una mosca, pero si el toreo anodino y lineal a toros descastados, mansos y sosos como ellos solos les emociona, bien por ellos. A mi, no. No puedo concebir semejantes premios al ponerse ahí y dar muletazos a animales con una cierta movilidad inútil y mentirosa, porque no transmite nada. Eso no es un toro de lidia. Es otra cosa. Si es a eso a lo que vamos, de acuerdo, tres orejas y 18 si hacen falta. Las que queráis. Pero insisto: si con el vuelo de una mosca os emocionáis, creo que algo falla.

La corrida de Cuvillo fue lamentable. Prácticamente sin excepción, un desfilar de mansos, descastados y sosísimos toretes vacíos por dentro. La nada absoluta. Ferrera se inventó dos faenas poniendo en escena la suavidad y el temple de su toreo magistral. Roca Rey hizo de Pamplona su casa apostando por lo efectista y matando como los ángeles, que tanto gusta por estos lares. Ginés Marín se estrelló con un lote imposible. Qué tedio de tarde, Dios mío.

El feúco Juncoso que abrió tarde llamó la atención de salida por su falta de trapío, con una cara indecorosa. Salió suelto de todos los capotes que le presentaron, como principal característica junto con la de no humillar. Así llegó a la pañosa de Antonio Ferrera, que anduvo, sobre todo, inteligente con el material que tenía. Si le bajaba la mano en exceso, el cuvillo protestaba, por eso siempre le alivió a mitad de muletazo. Además, el toro fue de corto recorrido y por momentos desordenaba su embestida, algo que el extremeño mitigó a base de templar, administrar tiempos y conducir con suavidad, sin que se la puntease nunca. La sobria y torera labor no fue refrendada con la espada, con la que marró. A su segundo, Gavilán, le ofertó un variado saludo con el percal, incluyendo verónicas a medio capote, cogiéndolo por la esclavina. A partir de ese momento, todo lo demás fue soporífero. Un animal moviéndose sin sentido, como un pan sin sal, carente de las condiciones que debe tener un toro de lidia, y un torero dando muletazos a diestra y siniestra acompañando ese movimiento. Cero emoción y cero interés. Eso sí, él lo mostró y sacó una faena impensable en otras manos. La sombra supo ver su magisterio y le sacó a saludar como en su primero.

Tras el abundante recibo capotero de Roca Rey a Cordobés y dejarle sin picar, tal y como acostumbra, el peruano tuvo que replicar por saltilleras inverosímiles y ajustadísimas el quite de Ginés por gaoneras. Buen pique e interés para el espectador. Y no quedó ahí. El joven coleta se tiró de rodillas al suelo y en el tercio dio una primera serie con dos cambiados por la espalda que parecieron físicamente imposibles. Ahora bien, cuando se tuvo que poner a torear de verdad, en lo fundamental, la cosa no resultó igual. Sobre todo por la baja condición del burel, que se afligió por completo y no hizo más que moverse a duras penas, y es que pareció lastimarse una pezuña. La faena caminaba en la indiferencia hasta el espadazo, que fue efectivo y a la primera. Suficiente para calentar a unos tendidos que pidieron las dos orejas. Se impuso la razón y el palco solo concedió una. Con rocerinas condujo al quinto, Tramposo, al caballo, para darle dos picotacitos y dejarlo crudo para el último tercio. Quizá por eso fue el más potable (dentro de lo más próximo a la nada) del envío andaluz. El cuvillo fue manejable y dejó estar, pero ese movimiento cansino, borreguil y pastueño suma para el torero pero resta a la emoción. Y así, la faena de Roca Rey, aunque tuvo alguna serie de muletazos notables, no fue rotunda. Ni de lejos. Como si lo parecieron las dos orejas que le concedieron tras otro nuevo espadazo fulminante.

El bajo y jabonero Jarandero se movió de allá para acá de salida, manseó en varas y protestó en banderillas. Una rémora para que Ginés Marín pudiera instrumentar una labor en condiciones. Y así fue. No exagero si digo que lo más interesante del capítulo fue el cartucho del pescado con el que comenzó labor, y es que a partir de ahí todo fue anodino. El animal se movió sin atisbo de casta ni de clase. Un movimiento deslucido y a la defensiva imposible de aguantar si eres aficionado al toro. El sexto y último capítulo, tres cuartos de lo mismo. Un querer y no poder ante otro descastado y manso. Para olvidar, como toda la tarde.

 

  • Plaza de toros de Pamplona. 7ª de la Feria de San Fermín. Casi lleno en tarde soleada y calurosa. Se lidiaron seis toros de Núñez del Cuvillo, parejos, pero con algunos ejemplares muy justos de presentación para esta plaza. Se dejó sin demasiada clase el impresentable 1º; descastado y deslucido el mermado en una pezuña 2º; descastados, deslucidos y sosos los mansos 3º, 4º y 6º; y manejable el descastado y a menos 5º.
  • Antonio Ferrera (azul turquesa y oro): ovación con saludos tras aviso en ambos.
  • Roca Rey (blanco y plata): oreja con petición de la segunda y dos orejas.
  • Ginés Marín (sangre de toro y oro): silencio y silencio.

 

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