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Hasta siempre, abuelo
Victorino Martín ha fallecido en su finca Monteviejo a los 88 años de edad.//PD
In memoriam. Victorino Martín Andrés

Hasta siempre, abuelo

Darío Juárez

Cómo me hubiera gustado poder contarle a mi abuelo que le conocí. Yo tampoco le conocí a él, ya que murió muy joven cuando mi padre apenas era un niño. También fue ganadero –de carne– y amante desmedido de ese animal al que usted le entregó la vida. Por aquel entonces, mi abuelo subía desde el pueblo a las ferias de ganado de Ávila a la compra y venta de reses. Un lugar al que acudía con sus hermanos Venancio y Adolfo antes de hacerse ganadero de bravo y donde los corrillos para hablar de toros se hacían inevitables.

Me hubiera gustado poder decirle que vi embestir a Cobradiezmos. Relatarle todas las tardes de gloria que usted nos dio, con las que disfrutamos de la emoción que da la raza, la bravura y la presencia de ese toro que, a kilómetros, se reconocía por ser un victorino.

Allá por el 92, cuando nací, Naranjito ya vivía con Velador en el recuerdo, España ya era europea y usted seguía en la fragua con tal de que de allí saliera una leyenda ganadera, refrendada en el sacrificio y en la fe del trabajo diario.

Al empezar el colegio, los recreos eran los momentos del día que más disfrutaba cuando jugaba a los toros. Las anginas se hacían presentes en el invierno abulense, cuando el resistirse a no quitarse el abrigo para tener tu capote, era realmente imposible. Toros y toreros, cada uno tenía su rol, pero si había uno que fuera el más cotizado, era hacer de ganadero. Perdón, de Victorino Martín. Por aquel entonces, el único al que conocíamos y por el que ciertos amigos y yo seguimos la estela de la afición de una manera tan arraigada a día de hoy.

Créame si le digo que se puede ir muy orgulloso del legado que ha dejado a la Fiesta de los toros, a la Cultura y a la historia de España. Hágame caso si le digo también que ha engendrado al mejor heredero, capaz de elevar su nombre al Olimpo cada vez que se anuncia en un cartel; siendo a su vez el mayor emblema y bastión que atesora el mundo del toro para la defensa y la preservación de la Tauromaquia.

En definitiva, usted fue el abuelo de todos y el que muchos como yo hubiéramos querido tener para ir de su mano a la plaza. La entrañable persona que a propios y extraños nos trató como a sus nietos. Con una sonrisa o un guiño, la complicidad se hacía presente, al igual que la sinceridad absoluta para decir lo que estaba mal en el momento exacto.

Se va para decirnos hasta luego con la conciencia muy tranquila al recordar cuando su puerta sonaba y detrás había novilleros y matadores para suplicarle que les echara una becerra o para que se hiciera cargo de sus carreras.

Usted mismo dijo que el toro se parece al que lo cría, y usted sí que fue un auténtico victorino: con personalidad, casta, crecido en el castigo de las adversidades, hasta llegar a la sobria madurez que le proporcionó la nobleza y la entrega de sus actos.

El Marqués de Albaserrada le cedió el cetro magno de esta maravillosa sangre, de la que salieron otras tantas ganaderías en España y fuera de sus fronteras. No le defraudó. Levantó una vacada que se dirigía al matadero, con el único fin de hacer realidad su sueño, que era criar toros. Y fíjese, la convirtió en leyenda como lo que usted ya es.

Únicamente me queda agradecerle todo lo que hizo por la Fiesta y por mí como aficionado. Y por otros tantos… Pero me gustaría pedirle un último favor. Si ve a mi abuelo ahí arriba, dígale que a su nieto le gustan los toros y escribe de toros por usted. Mi otro abuelo.

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