Por el piton derecho
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Oreja doctor Jekyll y oreja señor Hyde
Octavio Chacón cortó dos orejas y abrió la puerta grande de Pamplona.//Emilio Méndez/Cultoro
Crónica Pamplona. 5ª de la Feria de San Fermín

Oreja doctor Jekyll y oreja señor Hyde

Leo Cortijo

Qué lejos quedan aquellas míticas mañanas de encierro y tardes de corrida con los toros de Cebada Gago. A esta divisa siempre se le espera y, seguramente, se le esperará. Por lo que fue. Pero no por lo que es ahora a juzgar por el papel desempeñado en este San Fermín. Los cebadas, aunque serios y ofensivos hasta decir basta, protagonizaron una procesión de descaste, mansedumbre, debilidad y sosería. Poco, muy poco, que llevarse a la boca en este sentido. Con estas herramientas, el gato al agua se lo llevó Octavio Chacón, que se presentó en Pamplona con una puerta grande. Una de una. Ahora bien, las dos orejas cortadas tuvieron muy distinto peso. La bipolaridad absoluta. En su primero ofreció una notable dimensión por valor, coraje, disposición y concepto, a pesar de no que tuvo gran cosa delante. A su segundo, sin embargo, un inválido lesionado, se ofuscó en mantenerlo en el ruedo y cosechó una oreja de dudosa reputación. Otra cortó un entonado Del Álamo, y de vacío se marchó un gris Bolívar.

La variedad capotera fue la carta de presentación de Octavio Chacón en su debut en Pamplona. El gaditano dejó clara su intención desde el primer momento, y es que vino para quedarse. Al menos por lo visto en su primero. El serio y ofensivo Divertido, que salió suelto, protestó las varas que le suministraron, sin empleo en el peto. Entre el 7 y el 8 comenzó su labor de rodillas para después, ya erguido, dar cuenta de la baja condición del cebada, que adoleció de casta y fortaleza. El muleteo, sustentado en la derecha, careció de emoción pues el animal ya partió con la persiana echada. Hubo un momento de máxima tensión cuando en un desplante el toro le prendió de un pitón y lo mantuvo durante un par de segundos en vilo sin que, milagrosamente, le causara cornada. El broche por estatuarios ceñidos a más no poder terminaron de cuajar la petición en los tendidos para pasear una oreja corajuda que vale para entrar de lleno en Pamplona. Muy distinto fue lo que ocurrió en su segundo, que resultó inválido para la lidia después de dañarse la pata izquierda. Por esta sencilla razón debió abreviar y no dar ni uno a un animal que apenas se podía mantener en pie. Octavio se empecinó hasta que la merma del toro se hizo imposible de disimular, los tendidos empezaron a darse cuenta y a recriminárselo con algún pitido. Como la espada –aunque en mal sitio– fue efectiva, se le pidió la oreja, que cayó en su esportón. Ahora bien, ésta fue de chiste.

Al Pesadilla que hizo segundo le costó descolgar en los primeros tercios, un defecto al que se sumó la falta de fuerza en la muleta que le presentó Luis Bolívar. A la más mínima exigencia, el toro perdía las manos y se iba al suelo, por lo que el muleteo del diestro cafetero fue entre algodones, a media altura y con infinidad de tiempos muertos. Unos ingredientes imposibles de ligar para conseguir la receta de la emoción. Se tiró a la testuz a matar y a punto estuvo de ser prendido, pero la espada no viajó a buen sitio. Con tintes de Torrestrella hizo acto de presencia Aceitunero, el más serio y ofensivo de la corrida, y es que sus dos puntas (hasta que una se partió) miraban al cielo como dos puñales. Tras el paupérrimo tercio de varas, el de Cebada Gago llegó con más viveza al último tercio que todos sus hermanos juntos, aunque tampoco fue para tirar cohetes. Ni mucho menos. Con la pañosa, el colombiano tuvo verdaderos problemas para encontrar los terrenos en los que no soplaba el viento y las interrupciones fueron continuas. Además, el toro, aunque con buena predisposición, tampoco fue un dechado de casta y bravura. El cebada fue un noblón manejable que se fue apagando poco a poco hasta quedar en nada. El muleteo de Bolívar, repleto de ventajas y carente de ceñimiento, ajuste y colocación, tampoco dijo gran cosa.

Delantero tampoco derrochó nada positivo en el saludo capotero de Juan del Álamo, y es que la blandura y el descaste volvería a ser la tónica dominante. Con el ánimo de ganarse al público desde el primer muletazo y ante la falta de toro, comenzó su trasteo en el sol y de rodillas. A partir de ahí, una labor lineal y sin alzar el vuelo por ambos pitones, debido a la baja condición del oponente, y es que todo lo que dispuso el de Miróbriga, por maneras y disposición, no fue malo, pero es muy difícil sacar de donde no hay. Cerró de rodillas y con manoletinas antes de un espadazo efectivo que le valió el cariño del público y la oreja. Al que cerró plaza, que tenía más cara que cualquier otra cosa, comenzó a instrumentarle muletazos al hilo de las tablas, para sacárselo genuflexo al tercio. Para no dejar mal a sus hermanos, este cebada fue otro dechado de falta de casta, sosería y nula emoción. Con estos mimbres, el parlamento del salmantino, insistente por ambos pitones, fue un losa muy pesada para el conjunto general de la tarde. El aburrimiento como tónica dominante.

 

  • Plaza de toros de Pamplona. 5ª de la Feria de San Fermín. Casi lleno en tarde soleada y calurosa. Se lidiaron seis toros de Cebada Gago, disparejos de presentación, pero muy serios y ofensivos de testa en líneas generales. Descastado y deslucido el ofensivo 1º; blandos y descastados 2º, 3º y 6º, que se dejaron sin transmitir nada; inválido el 4º; noblón, manejable y a menos el soso 5º.
  • Octavio Chacón (rosa y oro con los cabos negros): oreja y oreja.
  • Luis Bolívar (sangre de toro y oro): silencio tras aviso y silencio tras aviso.
  • Juan del Álamo (verde botella y oro): oreja y silencio tras aviso.

 

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