Por el piton derecho
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Una tarde rara
Sebastián Castella cortó la única oreja de la tarde.//Emilio Méndez/Cultoro
Crónica Pamplona. 5ª de la Feria de San Fermín

Una tarde rara

Luis Miguel Parrado

Esta quinta de feria fue eso, una tarde rara. Para empezar, resulta cuanto menos increíble que Roca Rey se haya ido de unas de ‘sus’ plazas sin cosechar siquiera una ovación. Parece como si hubiera sido profética la pancarta que adornaba algunas de las barreras de sol y que decía algo así como «silencio, que hoy torea Roca Rey». Y eso mismo, sendos silencios cosechó tras acabar con un lote de lo más dispar en cuanto a morfología y comportamiento. Su primero un dije, era bajo como un zapato y tapaba su menguada anatomía con dos buenas espabiladeras. Como viene siendo costumbre, el peruano mandó a sus picadores simular el tercio de varas y Roca aprovechó que venía entero para endilgarle de principio una tanda en redondo de rodillas que metió a la gente en su labor. Después hubo limpio trazo y el buen tino de esperar las embestidas, pero siempre tuvo más entidad el primer tramo de muletazo que su remate, y eso hizo que aunque aquello resultara entonado no llegara a cuajarse de verdad lo hecho frente a un toro que pidió suavidad y espacios, no toques bruscos y cortas distancias que le hacían perder su ritmo. De todas formas le habría cortado las dos de matar bien, pero en ese trance se vio bien a las claras que no anda aún recuperado de su lesión en el hombro, y se atascó sobremanera con el descabello, que llegó a manejar con ambas manos. Como sexto salió uno de Vegahermosa que fue el primero de esta divisa al que en su día se puso el hierro que había sido de Javier Molina. No hizo honor el cuatreño a la efeméride y tuvo menos clase que robarle a un pobre, con lo cual poco hubo que hacer.

Contaba líneas atrás que Roca tuvo en su mano las dos orejas del segundo. Y lo decía como comparativa a la cortada por Sebastián Castella del quinto tras una faena que prologó con los sempiternos cambiados en los medios antes de proseguir por el camino de un toreo templado, solvente sin más y poco apretado donde aprovechó las bondades de un animal noble y falto de raza. Cierto es que la estocada final, contundente y mortífera, podía valer por sí sola una oreja, pero la verdad es que me quedé con la boca abierta cuando vi cómo le pedían la segunda. Menos mal que el asesor anduvo atinado, pero de todas formas esa petición me resultó rara... y preocupante. Había comenzado al hilo de tablas su labor al segundo, aprovechando las idas y venidas de un manso que primero quería rajarse y después embistió cada vez más afligido, con lo cual aquello estuvo destinado a la nada casi desde el primer muletazo.

Rara fue la forma de enlotar la corrida, y la verdad es que no entiendo cómo pudieron casar al cabezón primero con el gigantón cuarto, que tenía hechuras de vaca vieja o de toro huevón, elección que dejo a gusto del aficionado. El caso es que ninguno enamoraba por sus hechuras, pero sin embargo el feúco que abrió plaza regaló en la muleta un puñado de embestidas con buen aire por su pitón derecho. Era agradecido al buen trato, y lo cierto es que por un momento, cuando Diego Urdiales acertó a encajarse y llevarlo muy templado cimbreando la cintura, lo que sobre todo ocurrió en los penúltimos muletazos de cada tanda, que era cuando más le exigía al toro, aquello parecía que iba a coger un vuelo grande, pero finalmente eso no ocurrió. Así que nos quedamos con un buen racimo de detalles salpicados a lo largo del conjunto, incluido el bello toreo por bajo que sirvió de epílogo. De cuarto salió un castaño alto y flacón que no mintió sus horribles hechuras. Manso y sin celo, embistió a regañadientes, con cansinería y sin regalar unas embestidas de las que el arnedano fue sacando, sin demasiada convicción, muletazos a base de oficio, abriendo y cerrando esas medias arrancadas hasta que el semoviente se aburrió ya del todo.

 

  • Pamplona. 5ª de la Feria de San Fermín. Lleno en tarde soleada. Se lidiaron cuatro toros de Jandilla y dos (1º y 6º) de Vegahermosa, muy desigualmente presentados, compusieron un auténtico abanico en cuanto a hechuras y comportamiento, destacando el gran juego ofrecido por el tercero.  Pesos: 535, 590, 515, 585, 520 y 590 kilos.
  • Diego Urdiales (azul añil y oro): Saludos tras aviso y silencio.
  • Sebastián Castella (malva y oro): Silencio tras aviso y oreja.
  • Roca Rey (gris perla y plata): Silencio tras dos avisos y silencio.

 

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