Por el piton derecho
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Galería fotográfica del festejo.//María Vázquez
De su padre y de su madre
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Galería fotográfica del festejo.//María Vázquez
De su padre y de su madre
Crónica Albacete. 6ª Feria Virgen de los Llanos

De su padre y de su madre

Leo Cortijo

Cartel de máxima expectación, de «No hay billetes» y de mucho hablar en las horas previas debido a un contratiempo en la ganadería anunciada del que poco se supo con certeza y ya menos se sabrá. La tarde pintaba en bastos cuando aparecieron los dos primeros, se iban al suelo y el aficionado, Ponce y El Juli torcían el morro. Los tendidos comenzaban a ser una guerra de guerrillas en la que la mayoría destinaba sus iras hacia el ganadero de Alcaraz. Pero todo cambió cuando apareció un milagro del Perú que llegó para iluminar la tarde, la feria y una Fiesta que vive los tiempos más oscuros de su historia. En una faena de rotundidad y superioridad total, Roca Rey demostró por qué ya no hay que considerarle aprendiz y sí figura. Y por qué llena plazas. Cuando quiere, torea y además muy bien, porque pisa terrenos que muy pocos pisan y porque se los pasa por donde muy pocos se los pasan. Ahora bien, repito: cuando quiere. Porque en su segundo cantó la gallina, se ofuscó y anduvo muy gris.

Su parlamento queda para el recuerdo como también quedan los de los dos veteranos del cartel. Ponce, en una de las suyas, vistiéndose de enfermero para mantener en pie a un flojo daniel haciéndolo bueno a base de técnica y sapiencia a media altura y sin exigencias. La obra de El Juli fue más particular. Muy personal, diría yo. De abandono y para él. Se olvidó de todo y de todos, y así se le cantó por el derecho con ese particular concepto que a mí no me enamora, la verdad, y de otro palo por el izquierdo, desmayado y con la figura erguida. Así me gusta más. En definitiva, tres formas bien distintas, tres faenas con mil y un matices y, como diría aquel, cada una de su padre y de su madre.

El abreplaza Limpiador escuchó palmas de tango cuando apareció en escena, no ya tanto por su presentación, sino por el runrún que había traído la corrida durante la mañana. Salió blandeando en exceso del peto, y a su aire en el capote que le presentó Enrique Ponce, que con la muleta vio de inicio que la cosa tenía que ser por arriba y sin exigirle. Y así, lo mostró por ambos lados para dejar claro a todo el mundo que delante no tenia absolutamente nada. Soporífero capítulo. Su segundo, Finito, se partió un pitón en uno de los capotazos de Mariano de la Viña, y Coy sacó el pañuelo verde. En su lugar salió Morisqueto, sobrero del mismo hierro, bajo como un zapato, regordío y descarado de pitones. Tomó la vara con la cara a la altura de la cabeza del caballo. En un gesto torerísimo, Ponce le brindó el toro a Mariano por el percance anterior. Dos veces le bajó la mano de inicio el de Chiva, y dos veces se fue el toro al suelo. A partir de ahí comprendió que todo debía ser por arriba, sin ninguna exigencia y con todavía menos emoción y transmisión. Pero, en una de tantas y tantas faenas de enfermero made in Ponce, el valenciano se afanó por mantenerlo en pie tirando por la vía del toreo fácil y accesorio, que tiene poco de verdad pero que cala mucho entre la gente. Y ya ni te cuento cuando se tiró de rodillas para calentar los tendidos de sol antes de una estocada no en el mejor sitio pero efectiva. Coy, en plan Santa Claus, le regaló la puerta grande.

El terciado Enemigo que hizo segundo recibió palmas de desaprobación en su salida, sobre todo tras el paupérrimo tercio de varas, en el que el animal se fue al suelo. Tras un par de tandas iniciales de tanteo y búsqueda de terrenos, El Juli quiso disponer por ambos lados, pero el justísimo animal de Daniel Ruiz aguó la fiesta. Eso le hizo torcer el morro y desdibujarse en la cara del animal, que se movió con muy poca clase y sin apenas entrega. El madrileño terminó ofuscado y cabreado y la obra se diluyó entre la nada. El espadazo al sótano bien atestiguó lo descrito. Tras ver a sus compañeros tocar pelo, Julián salió enrazado a saludar a Depravado y le dejó un lanceo interesante y un quite por zapopinas muy jaleado arriba. Tras brindar al público, el cabreo por su primer toro quedó todavía más palpable en el inicio muletero con la planta impertérrita con muletazos por alto en el tercio. Así se lo sacó a unos medios en los que quedó claro que por el izquierdo la cosa no iba a ser porque el animal acortaba el viaje, todo lo contrario que por el derecho, por donde sí tuvo más recorrido. Por ese flanco afloró la versión julista nivel premium, de toreo largo y muy templado, pero con su particular forma de colocar la figura. No descubro nada nuevo. Una tauromaquia de sello propio en una faena para él, de abandono absoluto. Tras un pinchazo, rubricó con el julipié. Coy, menos permisivo ahora por el fallo a espadas, le negó la puerta grande.

El clima enrarecido de los dos primeros capítulos tornó en días de vino y rosas cuando apareció el anovillado Almendrito y Roca Rey se estiró con gusto a la verónica. Como si la gente hubiera cambiado en algo su predisposición, vaya. La bronca volvió tras el simulacro –visto y no visto– del tercio de varas, y es que ni siquiera se llegó a colocar el caballo en su sitio. Tras brindar a un público entregado, comenzó faena con un par de cambiados por la espalda que subieron la temperatura de los tendidos. Una temperatura que fue de ebullición constante cuando el peruano empezó a torear a diestras, aprovechando la buena condición del daniel, que dejó a la altura del betún a sus hermanos. Es cierto que por momentos faltó algo de ajuste, pero también que en gran parte del trasteo brilló la versión más entonada y torera del limeño, que cuando aparece es un ciclón. Al natural dejó algunos muletazos soberbios, aunque el pitón bueno fue el derecho. El joven torero no escatimó en pisar los terrenos que hay que pisar para emocionar ni en quedarse quieto como un palo. Ese valor seco y sereno que congela almas. Como por ejemplo el que desplegó en las ajustadísimas arrucinas finales que fueron el aperitivo perfecto al espadazo que confirmaba las dos orejas. Al bizco Rebujano que cerró el cartel, lo recibió con una larga cambiada de rodillas y con chicuelinas como saludo. Tras la minivara salió suelto. Comenzó con ayudados por alto sin enmendar la planta. Tardó en verlo el peruano, que hasta mitad de metraje no tuvo claro ni cómo, ni dónde. Apostó por la diestra cuando encontró la comunión con su oponente, y es que por el izquierdo se los tragó peor. Por el pitón menos malo, el docilón y blandito animal se los comió como Roca le dio a entender, de forma lineal y para fuera en una primera mitad, y en circulares vulgares en un segundo tramo.

 

  • Plaza de toros de Albacete. 6ª de la Feria de la Virgen de los Llanos. Lleno de «No hay billetes» en tarde soleada y calurosa. Se lidiaron seis toros de Daniel Ruiz, uno de ellos como sobrero (4º bis), desiguales y justos de presentación. Descastado, blandísimo y soso el 1º; se movió soseando sin entrega ni clase el 2º; muy bueno en la muleta el 3º; se dejó a media altura y sin exigirle el nobilísimo y blandísimo 4º bis; suavón, docilón y noblón el 5º; se dejó el suavón y noblón 6º.
  • Enrique Ponce (tabaco y oro): silencio y dos orejas.
  • El Juli (catafalco y oro): silencio y oreja con petición de la segunda.
  • Roca Rey (azul marino y oro): dos orejas y palmas tras aviso.

 

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