Por el piton derecho
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Galería fotográfica del festejo.//Javier Guijarro
Emilio de Justo honra la verdad del toreo
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Emilio de Justo honra la verdad del toreo
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Galería fotográfica del festejo.//Javier Guijarro
Emilio de Justo honra la verdad del toreo
Galería fotográfica del festejo.//Javier Guijarro
Emilio de Justo honra la verdad del toreo
Crónica Albacete. 9ª Feria Virgen de los Llanos

Emilio de Justo honra la verdad del toreo

Leo Cortijo

La tarde iba camino de un petardo ganadero –otro más en esta feria– de grandes proporciones. Salvo contados destellos, la muy desigual, blanda y descastada corrida de Juan Pedro Domecq y el fallo con las espadas habían imposibilitado cualquier opción de llevarse algo sabroso a la boca. El único que apuntó algo de peso fue Emilio de Justo con su primero, que se dejó. Pero eso no fue más que el aperitivo para todo lo que estaba por llegar. La Fiesta de los toros, como la vida misma, es así. Cambia cuando menos te lo esperas y en un segundo. Quién se iba a imaginar que para cerrar el decepcionante sexteto iba a salir un tal Iracundo que acabaría salvando la honra de todos sus hermanos juntos. Cierto es que sembró dudas de inicio, pero terminó afianzándose y sacando un fondo más que interesante con mucha clase por ambos pitones.

Además, el pupilo de Juan Pedro tuvo la enorme suerte de toparse en su camino con el torero extremeño, que lo que hizo, fundamentalmente, fue honrar su muerte de la mejor manera que un torero puede hacerlo: con el toreo de verdad. Verdad con mayúscula. El toreo de Emilio de Justo no pudo ser más macizo en su concepto y pulcro en su colación. La pureza y la ortodoxia –condiciones que brillan por su ausencia en el 99 por ciento del escalafón– son los pilares básicos sobre los que este torero asienta su tauromaquia. Una idea de hacer y parecer que hace retrotraerse a tiempos pasados (y mejores). Una idea de hacer y parecer que recuerdo muchísimo –hasta en lo físico– a uno de los más grandes de la historia reciente del toreo: Don José Miguel Arroyo, ‘Joselito’.

La magnífica obra al gran Iracundo comenzó bien desde el primer momento, cuando Emilio de Justo se estiró con gusto a la verónica para recibirlo. Ya con la pañosa, ofreció muchos tiempos muertos para que el animal oxigenara, que falta le hacía. O, al menos, eso parecía. Quién nos los iba a decir entonces… Con una condición suavona y muy noblona, el extremeño lo exprimió de forma sobresaliente por el pitón izquierdo. No pudo ser más exquisito el toreo al natural de Emilio, por macizo en su concepto y pulcro en su colocación. Pero la cosa fue creciendo… todavía más. El toro de Juan Pedro, que se afianzó, sacó un fondo especial y rompió en sensacional, fue a más de una manera casi inusual y permitió a De Justo apuntar una serie más por el pitón derecho de planta desmayada y figura erguida que valió su peso en oro. Después vino otra más por ese lado al natural, sin ayuda, templadísima, cadenciosa y con un gusto increíble. Con eso y con toda la verdad del mundo. Lo tenía todo en su mano para abrir la puerta grande a cal y canto, y por eso se tiró a matar o morir y cobró una estocada notable. Los dos pañuelos cayeron por su peso. Indiscutibles. Porque el toreo, cuando es de verdad, pone a todo el mundo de acuerdo y no hace falta mirar al palco.

Antes, con su primero, ya apuntó muy buena impronta, pero la espada le privó de tocar pelo. Apostó por la variedad en el saludo capotero a Sorpresa, con verónicas, una media de rodillas y una larga cambiada de la misma forma, a lo que sumó un precioso galleo para dejarlo en el peto. En el quite por gaoneras lo prendió sin llegar a hundir el pitón, y es que el extremeño expuso una barbaridad, pues la verdad fue la tónica dominante durante toda su tarde. No pudo andar más torero para sacarse al remiso de Juan Pedro al centro del platillo. Allí comenzó a derechas templando con muchísimo gusto y naturalidad, acompasando el buen son del noblón animal. Por el izquierdo buscó siempre la colocación más ortodoxa posible, dio el pecho, cargó la suerte y dejó muletazos notables. Los últimos tres naturales a pies juntos y enfrontilado fueron de aquella manera. El único lugar negro, que no fue pequeño –queda dicho– fue el bajonazo con el que despachó al animal.

Junto a Emilio de Justo también hicieron el paseíllo Enrique Ponce y Perera, que quedaron totalmente eclipsados. Heroína, el único del envío marcado con el hierro de Parladé, no se empleó en el saludo capotero del valenciano y todavía menos en el peto, del que salió blandeando. Tanteo insípido por el derecho, por el que el animal deslució su acometida y el de Chiva tuvo que perderle un paso en cada muletazo. Por el izquierdo, que fue menos malo, dejó algún destello reseñable por la composición de su figura y por la templanza en su trazo, pero eso sí, con el ajuste bajo mínimos. En conjunto, la obra al blando y manejable parladé no terminó de despegar y se movió en una insustancial monotonía, y es que el torero no se confió en ningún momento. El Policía que hizo cuarto, chico y bajo como un zapato –un torete, vamos–, se dejó pegar para salir mortecino del tercio. Y con esa paupérrima actitud vital llegó a un tercio de muleta en el que se afligió por completo y en el que Ponce muleteó sin fu ni fa y con la misma emoción que el que pincha merengues con un alfiler. En ambos parlamentos, los tendidos se dividieron entre los que aplaudieron y los que pitaron.

Al anovillado Soprano se le picó entre nada y nada de nada antes de que Miguel Ángel Perera quitara por ajustadas chicuelinas. Tras brindar al público, inició trasteo en el centro del platillo de rodillas y sin solución de continuidad recetó tres primeras a derechas al noblón y suavón animal, que tuvo fijeza, repetición y recorrido. Todo en línea recta y sin demasiadas apreturas. Acabaría siendo lo mejor, pues por el izquierdo se descompuso totalmente y la obra bajó enormemente de intensidad. Cuando quiso retomar la diestra, se dio cuenta de que de lo bueno que había apuntado, ya nada quedaba, pues el docilón había echado la persiana. Se ofuscó de mala manera con la espada para terminar de ensombrecer lo dispuesto. El quinto, Roncador, embistió con las manos de salida, antes de que se le señalara la suerte. No estaba para más trotes este blandito. Además, se lastimó los cuartos traseros tras el encuentro con el pica y poco a poco se fue descomponiendo hasta quedar en nada. Capítulo imposible para Perera, que debió haber abreviado ante la invalidez que tenía delante.

 

  • Plaza de toros de Albacete. 9ª de la Feria de la Virgen de los Llanos. Algo más de tres cuartos de entrada en tarde soleada y calurosa. Se lidiaron cinco toros de Juan Pedro Domecq y uno de Parladé (1º), muy justos de presentación y de cómodas caras, con algunos ejemplares impropios de esta plaza, como 2º y 4º. Manejable a media altura el blando y descastado 1º; se dejó por el izquierdo yendo a menos el anovillado, noblón, suavón y docilón 2º; se dejó con calidad por ambos pitones el 3º; mortecino y afligido por completo el chico 4º; se lesionó los cuartos traseros y quedó inválido el 5º; y extraordinario en la muleta, con un fondo enclasado sobresaliente el 6º.
  • Enrique Ponce (azul turquesa y oro): ovación con saludos con protestas en ambos.
  • Miguel Ángel Perera (gris y oro): ovación con saludos tras aviso y ovación con saludos.
  • Emilio de Justo (verde hoja y oro): ovación con saludos y dos orejas.
  • Curro Javier y Jesús Arruga saludaron una ovación tras parear al segundo. Ángel Gómez y J. Manuel Pérez hicieron lo propio en el tercero, al igual que Morenito de Arles en el sexto. Durante el paseíllo, un grupo de aficionados lució una pancarta en apoyo a la presidenta, Genoveva Armero.

 

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