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«Sabía que me podía echar mano, pero no me importó»

«Sabía que me podía echar mano, pero no me importó»

No debe ser nada fácil volver a vestirse de torero tras una parcial retirada y llegar a San Isidro a pisar charcos de lava para salvarle la vida a un compañero, además de rendir Madrid con el, posiblemente, mejor par de la feria. Y de muchas ferias. Ángel Otero anunciaba que dejaba la profesión en abril del año pasado para pasar más tiempo con su familia. En menos de un año todo ha cambiado. Desconoce qué le pudo pasar por la cabeza para colgar el chispeante cuando a los pocos meses ya lo echaba de menos. El martes pasado volvía a hacer el paseíllo en la Monumental de Las Ventas, dejando una tarde para la historia con los palos y obrando el milagro al quitarle una violenta cornada de encima a su matador, cuando el 6° de José Escolar no se salió del capote en el recibo de la portagayola. Ángel esperaba a Madrid y Madrid lo estaba esperando.
Darío Juárez

- Cuando anuncia su retirada, ¿estaba plenamente convencido de que sería para siempre?

- Sí, en ese momento sí. Pero te digo una cosa: esas sensaciones nunca las había tenido. Entonces vinieron momentos muy malos y tuve que dejarlo porque, si no, me comían los pavos y me comían en mi casa. Es cierto que yo lo tenía muy claro pero, cuando pasaron dos o tres meses, me empecé a dar cuenta de que el toro para mí era mi vida y no lo podía dejar. Lo echaba de menos, yo pensaba que no,  y lo empecé a echar mucho, mucho, mucho de menos. Fueron también un poquito las circunstancias. También estaba un poco aburrido. Pero, ya te digo, fue en cuestión de tres meses cuando me di cuenta de que no podía estar sin torear.

- ¿Qué o quién fue lo que no le dejó alejarse de la profesión?

- La afición. Eso se llama afición, ilusión y ganas. Yo que sé... Me despareció de momento, no sé qué me pasó, la verdad, porque cuando me fui lo hice con las de verdad, pero en cuestión de poco tiempo fue cuando me di cuenta. Estaba a gusto trabajando, me funcionaba mi negocio, pero yo echaba mucho de menos el toro. Y eso es lo que me pasó.

- ¿Logró disipar esas dudas por las que en su carta de despedida decía que divagaba "entre todo lo que el toro le ofrecía y aquello a lo que no optaba"?

- Si es que... Tampoco eran dudas. Lo dije en el sentido de... Yo no me creo más que nadie, ni mucho menos, pero es verdad que a mí me gustaría estar con una figura y estar ahí... Que yo estoy muy a gusto donde estoy, con todo aquel que me ha llamado, qué duda cabe. Como ahora con Gómez del Pilar. Pero es verdad que yo, cuando me fui, se me quedó la cosa dentro de poder estar tres temporadas con una figura del toreo. Esas eran las cosas mías que sentí en ese momento.

- ¿Y en el momento de volver a pisar la arena de Madrid con el capote liado?

- Pasé más nervios y tensión que en mi vida. Y mira que he ido muchas veces a Madrid, pero fue una sensación que echaba muchísimo de menos. Porque a mí Madrid me encanta. Siempre me han rodado las cosas y conmigo siempre han tenido un vínculo especial. Lo pasé mal y a la vez fue bonito. Tuve las dos sensaciones. Pero es verdad que luego sale la raza que tiene uno y al final se quitan los miedos, se quita todo y lo que hice es disfrutar. Disfrutar de Madrid.

- Porque se puede decir que usted es torero de plata, sí, pero también Torero de Madrid.

- La verdad es que sí. Vamos, yo no soy quién para decirlo. A lo que me rijo es que a mí Madrid me trata muy bien. Fíjate el tendido 7, con lo duro que es, porque tiene que ser así, y sin embargo conmigo siempre se han portado muy bien. Es que no tengo ni una queja, todo lo contrario.

- ¿Cómo está Noé?

- Pues... Está bien. Ahí está recuperándose y, gracias a Dios, no ha afectado lo que son arterias ni tendones importantes. Ha sido limpio dentro de lo que ha sido. Y darle gracias a Dios, nada más. En tres días... En tres días ya estamos ahí otra vez.

- Si no llega a aparecer su capote, no creo que usted y yo estuviéramos hablando ahora mismo.

- No sé lo que hubiera pasado. Eso nunca se va a saber. Me dio tiempo a mí, como lo podría haber hecho cualquier otro compañero.

- Por supuesto, pero el que estaba ahí era Ángel Otero.

- Desde luego que sí. Para eso estamos, para estar pendiente del matador en todo momento. Porque para él trabajo. Además, yo también llegué a tiempo porque son corridas duras y sé que esas corridas no se van. Tú te pones en la puerta delante de uno de Juan Pedro, digamos, y el toro se suele ir. Y estos toros yo sé que vuelven. Entonces a mí me dio tiempo a llegar porque no se la había pegado, cuando yo ya estaba corriendo hacia él. Me lo imaginaba, no me imaginaba que le pudiera coger, pero sí que podía pasar algo. Por eso me dio tiempo. Porque parece que no, pero hay muchos metros del burladero hasta casi la segunda raya.

- Y luego está lo del segundo par a la prenda que hizo 6°. ¿Cabe algo más puro?

- Yo no sé si llamarlo puro o cómo llamarle, pero yo ahí me entregué. Y me entregué porque es Madrid y porque allí no me puedo aliviar. Hubo un momento que pensé que me iba a echar mano, pero tampoco me importó. Porque dije: o me echo encima y salgo apoyado o me coge hasta corriendo. Pero cuando salí de ahí, las sensaciones fueron muy bonitas. Me sentí muy a gusto.

- El estruendo de Madrid y su ronco olé le estaban esperando.

- Sí, la verdad que sí. Y hombre, yo soy banderillero y no es igual que un matador, pero siento que me debo al agradecimiento que me tienen también. En Madrid no quiero aliviarme, sino todo lo contrario.

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