En la balanza de lo positivo y lo negativo del sexto festejo fallero solo Román computó en lo bueno. Y lo hizo merced a su actitud... a su buena actitud. A cómo se presentó en una tarde que pintaba como crucial en su devenir más próximo como torero y le salió cara gracias a su apuesta. Firmó lo más destacado, ya no por meritorios pasajes de toreo, sino por voluntad, entrega y disposición. Al menos, fue el que más se tapó de una terna con muchas carencias, ya fuera por una cosa o por otra. Carencias técnicas como las de Jesús Duque, lógicas por otra parte por la poca cantidad de festejos que torea. Naufragó con el mejor toro del mansurrón encierro de Capea y su papel en esta Feria de Fallas le puede pasar factura a largo plazo. O carencias físicas como las de El Soro, que dejó una imagen paupérrima, bochornosa y lamentable al no poder con su geniudo primero y pasar el trámite a base de mantazos con su segundo. Todo un ejemplo de superación, vale; pero una vergüenza el resultado de su actuación. Y mucho tienen que ver en ello sus aduladores, que le apartan de la realidad, y el empresario que le pone en un feria que él mismo vende como “la del cambio”. Agárrate.
Salió suelto, como era de esperar, Canastito, el primero de Capea con el hierro de Carmen Lorenzo que dio el pistoletazo de salida a la tarde. Como consecuencia de una penosa lidia, el toro fue duramente picado en su querencia en un primer puyazo, y de manera sucia en otros dos en la contraquerencia, con el capote de El Soro todavía sin hacer acto de aparición. Desorden y mucha informalidad al empezar a banderillear sin abandonar los del castoreño el ruedo. A partir de ahí, una imagen bochornosa y lamentable para el toreo, y es que el de Foios mató a las primeras de cambio al mansurrón burel ante la imposibilidad de hacerle frente por lo mermado de sus cualidades físicas. A su segundo, Lagartijo, con el hierro de San Pelayo, aún le dio tres capotazos de aquella manera y dos chicuelinas, que haciendo la resta fácil, fueron tres capotazos y dos chicuelinas más que al anterior. Lo que sí repitió fue el no poner banderillas, para desagrado de un público que las esperaba. Como esperaba algo menos bochornoso con la muleta. Menuda colección de trapazos (una veintena, más o menos), de uno en uno, evidenciando la falta absoluta de todo del coleta y en la antítesis de lo que significa la palabra torería. Pero en fin… sonrojante actuación de principio a fin. Esperemos que esto no se vuelva a repetir.
Un sinfín de capotazos recetó Jesús Duque al astracanado Romerito, éste con el hierro de San Pelayo, que manseó en la jurisdicción del varilarguero. Dispuesto pero amontonado quite de Román antes del brindis de Duque al respetable. Timorata y dubitativa labor muleteril del torero de Requena, con el ajuste y el ceñimiento en horas bajas y más preocupado de lo accesorio y la pinturería, que de lo fundamental. En esas el mansito y manejable de Capea se dejó muletear sin más, con descastada y sosa entrega, por lo que entre uno y otro la obra no terminó de cuajar. Evidenció el poco oficio, entre otras cosas, en el ánimo de alargar sin demasiado sentido o en la desacertada espada, no sin voltereta incluida. El segundo de su lote, Pies de plata, le obligó al coleta a andar con pies de plomo desde el principio por la falta de fortaleza de su oponente, que sin pena ni gloria pasó por varas y banderillas antes del brindis a sus paisanos. Su parlamento no pasó de lo insustancial, incapaz de templar y domeñar la codiciosa a la par que rebrincada embestida del toro de Capea, que campó a sus anchas. Y así hasta que se apagó después de tanto mantazo. Todo muy acelerado, amontonado y sin hilvanar. Nuevamente dejó entrever las carencias lógicas de lo que poco placeado que está.
Intentó el saludo capotero de rodillas Román con Bondadoso, que echó el freno de mano al ver el percal, en el que no terminó de sujetarlo, pues siempre salió suelto tras cada lance. Predisposición del valenciano en el quite por gaoneras después de que el burel pasase sin pena ni gloria por varas. Salió a por todas desde el inicio, de rodillas en los medios en una primera tanda de infarto en la que a punto estuvo de ser arrollado. A partir de ahí, disposición, firmeza y ganas de agradar por parte del coleta, pero poco lucimiento con el aquerenciado y descastado animal, que se movió con la misma gracia que un pan sin sal. Apuntó poco, duró menos y terminó por rajarse de forma descarada para desespero de Román, que perseveró en busca de un imposible, como en las bernadinas o una ajustadísima arrucina al cobijo de las tablas. Cuerpo a tierra en la portagayola al Botinero que cerró festejo, para después lancear tres largas de rodillas. Inició labor muleteril alternando ayudados por alto, con un cambiado por la espalda y un pase del desprecio. Más allá de eso, poco a reseñar, pues el murube tomó la franela a arreones y de forma descompuesta, haciendo que la obra de Román quedase deslucida. No obstante, la actitud del torero no cayó en saco roto y el presidente, que le negó la oreja del público en el primero, se la devolvió en este segundo, aunque la labor no fuera para tal.