Quince minutos pasaban de las nueve de la noche y alrededor de otros quince, pero guantazos, bien acertados hubieran estado repartidos si Julio Méndez se hubiera bajado de los hombros del capitalista que lo lanzaba en otra tromba, desmesura, hacia la calle Alcalá. Porque, de verdad, es genial ver tanto chiquillo atraído por el toreo, enfervorizados por los triunfos, por dejarse la garganta viendo el hambre arrebatado y esa manera tan importante de entregarse a Madrid que demostró el novillero abulense de Arenas de San Pedro, pero ¿y la espada? La llamada, por algo, suerte suprema... ¿Dónde cayó? ¿Y ese tercer pañuelo? ¡A Méndez le han dado un rabo en Madrid y nadie se ha enterado! Hasta tres veces hizo asomar el moquero blanco el presidente; quiero llegar a entender que la última por equivocación (...) Quizá fuese la presión de Yesteras o la euforia del triunfalismo, o las dos, vaya usted a saber...
¿Y ese pañuelo azul? Una vuelta al ruedo para un animal lidiado en la primera plaza del mundo, que pese a los dos navajazos recibidos desde la silla de montar por Majada peleó en la primera vara con entrega pero se fue enseguida de la segunda... ¿Vuelta al ruedo porque en la muleta fue muy bueno...y ya? Ok, José Luis.
A cinco días de tomar la alternativa en Cáceres, Julio Méndez se presentaba en Madrid en la tarde de hoy, en la última novillada del abono isidril. Vestido todavía como los tiesos, con un celeste socorrido por el sol de los veranos novilleriles por todas las plazas por las que ha hecho el paseíllo y ha triunfado el abulense durante esta etapa, que cerraba esta tarde en Madrid. Babieco, ese 3º de Conde de Mayalde que había cumplido con creces en el primer envite con el pica pese a ser defenestrado, llegó a la muleta de hinojos de Méndez, para pegarse un par de volteretas y, de ahí en adelante, ponerse a embestir con clase. Julio se la propuso de inmediato por el derecho, empapando al utrero de franela hasta el final, siempre por abajo en cada viaje. Con tandas que se dividían entre la profundidad primeriza y el relajo, descolgando hombros en las postrimerías.
El ritmo lo marcaba el de Mayalde, siempre fijo en el engaño, voluntarioso, noble y con un son exquisito para reventar la plaza con las dos manos, como así lo hizo Méndez. Tenía la Puerta Grande abierta si mataba. Y mató, pero la colocación de la estocada resultó caída, pese a las ganas con las que se tiró sobre el morrillo. Pese a ello, asomaron las dos orejas (y tres pañuelos blancos) y Julio Méndez se iba de Madrid aupado a hombros de la marabunta juvenil, pero muchas veces maleducada, con destino a la calle Alcalá. El 6º no fue lo que el 3º y Méndez pinchaba una faena variada de suertes pero más pinturera. Venía con dos orejas y se fue a la puerta de chiqueros. Eso, para finalizar, así, como dato.
Si hoy ganó la ambición, el toreo bello y clásico lo puso Emiliano Osornio frente al 4º. Un capricho de martes para paladares delicados que se estremecen con lo clásico, recogido en un álbum de naturales precisos, preciosos, muy de verdad y poco cantados. Con el parado y soso 1º, na de na.
Y de Pedro Montaldo, ¿qué decir? Con todo mi respeto le pediría que se viera su tarde repetida, mirase el vestido de torear y se lo pensase dos veces antes de volvérselo a poner o colgarlo definitivamente. Así no se puede venir a Madrid.