Por el piton derecho
Vicente Carrillo Cabecera
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Álvaro Serrano: con las tripas, por Madrid y hacia Alcalá
Fotos: Plaza1
4ª de la feria de san isidro

Álvaro Serrano: con las tripas, por Madrid y hacia Alcalá

Darío Juárez

Con el alba del primero de mayo se despertó en su cama Álvaro Serrano con una idea en la cabeza: cortarle las orejas a un novillo el día de su debut en Madrid y llevárselas a su abuelo Primi. Ese día 1, Álvaro terminaría firmando una gran tarde en el prólogo de la Feria de la Comunidad, pero esta vez el mal tino con la espada quiso dejar sin orejas a su abuelo.

Once días después, don Primi ahí estaba de nuevo, delante del televisor, orgulloso de volver ver a su nieto hacer otro día más el paseíllo en la plaza más importante del mundo y en mitad de un San Isidro, sin tener ni la más remota idea de lo que sus ojos iban a ver a continuación; una lección, una completa exaltación a la verdad con ese toreo entregado con las tripas, como le gusta a Madrid, para bordar una tarde que no te la firman ni la mitad de los matadores en este San Isidro.

Tras el descanso del primer lunes de feria, Serrano volvía a Madrid a llevarse por medio la tarde y, sobre todo, la vulgaridad mecanizada de tantos y tantos que habitan en el escalafón.

De lado a lado de la boca le empezó a lucir la daga que apretaban sus dientes, cuando salió a hacerle el quite al 2º de Morilla sin pensarlo dos veces. Hasta cuatro terminaría haciendo a lo largo de la tarde o de su tarde, porque fue suya de principio a fin. Desde esas verónicas salerosas de apertura con su primero, rematadas con la media a pies juntos, a la réplica a Bastos por delantales después de ver al de Agustín meter los riñones y derribar al pica en la segunda cita.

El madrileño empezó a volar la muleta del trincherazo al muletazo por alto rodilla en tierra, de apertura. Hasta entonces todo marchaba con sentido, pero apareció Eolo. Que se hizo presente y ahora era él quien le empezaría a volar la franela con furia al novillero; jugándosela con menos de media muleta bamboleada como una bandera de retales, mientras por la bragueta le pasaban los pitones entre el ¡uf! y el ¡madre mía! de una plaza sobrecogida por la emoción.

Estaba tan despejado de ideas que hasta remataba con trincherillas rodilla en tierra en mitad de las rachas. Y la estocada en los rubios con puntazo de regalo en la pierna. Y esa primera oreja con fortísima petición de la segunda que el palco negó.

Bien picado por Héctor Vicente salió del peto el 6º hasta llegar a los ayudados rodilla en tierra, la trincherilla y el desprecio para poner de nuevo a Madrid sobre la palma de su mano. Encajado, gobernando en la media altura, soberano con el trincherazo que venía pregonado. Acortó la distancia, optó por la izquierda y los naturales de frente empezaron a sucederse con un ligero pivoteo de talón a talón, como un costalero en medio de una revirá, yéndose detrás de la muleta con el utrero de Agustín Montes al que se le caían los cortijos.

La estocada, de nuevo, hasta la bola, y la incertidumbre de las tripas apoderándose de la plaza cuando la casta del novillo hacía que no cayera y el segundo aviso sonó como las trompetas del Apocalipsis.

Al final, en el último suspiro, el verduguillo hizo su trabajo y la oreja cayó. Tarde, pero muy merecida. Como el sueño hecho realidad que llegó después. Porque esta tarde, Álvaro Serrano ha demostrado que sabe torear con las tripas, como le gusta a Madrid y hacia la Puerta Grande. Como así fue.

Tomás Bastos no llegó a acoplarse en ningún momento con su lote. Un primero que empujó de riñones con un pitón en el caballo y un cuarto más soso pero menos que el luso. Por su parte, Martín Morilla, que se presentaba en Madrid, en su afán por justificarse, se excedió y todo quedó difuminado. Sobre todo porque ambos fueron meros espectadores ante ese ciclón que atravesó este lunes la Puerta de la gloria, llamado Álvaro Serrano.

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