Lo vivido la pasada noche del viernes en la Ciudad del Sol ha supuesto un antes y un después para el devenir de nuestra plaza. Tras veintiséis años desde la última novillada sin picadores en la maestranza murciana, aquella en la que se acartelaron José Luis Cañaveral, Tirado Ponce y «El Rubio», la Escuela Taurina de Murcia ha querido hacer retornar estos necesarios y anhelados festejos, tan esperados por la afición, para los futuros toreros de nuestra tierra mediante un formato nocturno compuesto principalmente por los alumnos de la escuela y promovido íntegramente por ella.Sin más apoyo que el de su propio organigrama, los novilleros se vieron obligados a repartir panfletos y pegar carteles por toda la ciudad ante la apatía de una empresa lorquina que no se dignaría a subir ni una mísera publicación en redes sociales incitando a la asistencia, mientras ellos se acomodaban plácidamente en las tablas del ya desacralizado callejón. Pese a ello, los tendidos presentaron un aspecto magnífico, muy por encima de lo esperado. Se había conseguido con creces el primer objetivo de la noche.
Guillermo Herrero, de la Escuela Taurina de Palencia, padecería las consecuencias que lleva implícitas abrir plaza. Cimentado en una tauromaquia de aires morantistas -tijerillas de rodillas, molinetes, abaniqueos y adornos-, fraguó una faena de gran compás y ligazón mediante un trasteo que no pasó desapercibido por la desenvoltura y claridad con la que lo ejecutó. Le fue otorgada únicamente la vuelta al ruedo. Toni Marín abrió camino a sus compañeros de escuela con un toreo más asentado, en líneas generales, que en ocasiones anteriores. Invitó a su compañero Iván de Benito a realizar un vistoso y bien ejecutado quite al alimón que propició la primera ovación de la tarde. Con la muleta, el de Alcantarilla destacó de inicio por unos estatuarios en los mismos medios que precedieron a una tanda bien llevada y ligada por la derecha, de rodillas. Quiso compartir su novillo con su compañero de escuela Leo España. Finalmente, le concedieron dos orejas. Por otra parte, resultó un gran encierro de Apolinar Soriano, con animales de grata condición para la lidia, a excepción del colorado de Iván de Benito, que no le pondría las cosas fáciles. Novillero de gran corte artístico, se mostró predispuesto y fiel a su concepto, sin poder llegar a expresarlo plenamente. Ese esfuerzo fue premiado con dos orejas. Lo mismo ocurrió con la faena del lorquino Domingo David “Dominguín”, torero de dinastía que, con escasas novilladas a sus espaldas, mostró su predisposición y gallardía al anteponerse a las embestidas del animal.
Oportunidades, oportunidades y rodaje necesitan los chavales, y eso lo pidió a gritos José Antonio Belmonte. Debutante y lorquino, puso la plaza patas arriba con un concepto puro, hierático y encajado, acompañado de una técnica sorprendente para el bagaje que atesora. Supo parar, mandar y templar sin perderle un paso al enclasado animal, dejando toreando a los asistentes con dos naturales a pies juntos que remató con uno más, el que más sentido fue: sereno, consciente, de allá adentro y con la satisfacción de haber hecho las cosas bien. Además, como se hace en Lorca, con ese silencioso desprecio que te hace mirar al tendido, al igual que lo hacía algún torero rubio que merodeaba por la presidencia. Culminó con una estocada a la primera que le abriría las puertas de par en par con un indiscutido rabo. Quiso invitar a la lidia a su compañero Ángel David Ríos. Cerraría la novillada Diego José Marín, de Barranda, que dejaría las mejores sensaciones de la noche con un toreo más que asimilado, vislumbrado en su claridad resolutiva y mental. Con el capote respondió con unas gaoneras de gran factura al quite por chicuelinas de Herrero para poner en alerta a los allí presentes: este chaval tiene gusto. Citó en largo, embarcó con poder por la diestra, supo colocarse y rematar los muletazos donde deben terminar. A pies juntos, de frente y con el cartuchito de pescado en la izquierda -que ya estamos en verano-, terminó de hacerse con el reconocimiento del aficionado. Fueron varios los quejíos que nacieron de esas previsoras y aquilatadas muñecas. Ni un enganchón, ni una alharaca, para pasear el más que merecido rabo que solicitó con ahínco toda la plaza.
En definitiva, ha quedado claro que hay futuro taurino en nuestra tierra; que la afición quiere respaldarlo y formar parte de él; que las novilladas nocturnas deben consolidarse y que la labor que desempeña la Escuela Taurina resulta inconmensurable.
No lo ignoremos. Fomentémoslo, pues Lorca tiene toreros.