Por el piton derecho
Vicente Carrillo Cabecera
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Emilio de Justo, el ojo providente del escalafón
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Emilio de Justo, el ojo providente del escalafón
Crónica | Villanueva del Arzobispo

Emilio de Justo, el ojo providente del escalafón

Darío Juárez

Taché hasta en dos ocasiones el primer titular que me salió cuando Emilio de Justo hacía caer tras la suerte de recibir al segundo de Santi Domecq. Y lo hice porque el repertorio de maestría de Urdiales con el cuarto, sinceramente, me sumergió en un alocado y emocionante mar de dudas. Dudas que no tuvo el riojano para con esa obra de autor. Una sinfonía de oficio y torería pudiendo al toro más incierto de un encierro notable, que se le vino al pecho en el tercer muletazo, y al que supo convencer con excelsa pulcritud, raza y sitio para meterlo en la saca como nadie previó: ¡musho Diego! Sin embargo, entre el quinto y la pureza entregada del matador extremeño, me terminaron de sacar de mi disyuntiva: Emilio de Justo, además de ser el torero que mejor mata los toros y el más completo del escalafón, es también su ojo providente.

Tarde de infortunios para Juan Ortega que, sin poder cuajar a su lote como pide su toreo y teniendo un oficio necesitado de contratos para pulirlo, refrendó su categoría con torerísimos destellos de esa intrínseca sevillanía que portan sus quehaceres. Como tarde para el recuerdo por el buen gusto del cartel, la demanda del mismo y el gran trabajo ganadero in crescendo de Santi Domecq y la cuadrilla que vela por buscar el toro con clase y encastado.

Hace tiempo que Emilio de Justo le pide más al torilero de turno para que salga el toro el que seapor chiqueros, que a su patrona de Torrejoncillo. Un torero que cada tarde que hace un paseíllo se tira a las yugulares incómodas a las que las cuesta un infierno reconocer su valía pero, sobre todo, el sitio que merece. Emilio tiene muchas virtudes y algún defecto, por supuesto, pero su capacidad plena reside en su vista cristalina para ver al toro de una. Hoy tocó otro de sus ternos torerísimos, como es ese negro cargado de oro y alamares, muy en Esplá. Con él y su capote saludaron a un 2º sin remate, sobre todo de los traseros, pero con una pujanza sobria en varas y una movilidad que imantaba a las miradas del tendido. Tendidos que se sobrecargaron de electricidad cuando Emilio inició por bajo y genuflexo el prólogo de faena.

El manicomio, de nuevo, de par en par. La nitidez y rapidez con la que vio la demanda del santiago hacía esfumar dudas que le hicieran flaquear en su personalísimo planteamiento, ya que lo que portaba su par era carbón y ahí había mucho que torear. Villanueva del Arzobispo todavía está toreando con los tres naturales que cayeron por allí sin querer. Qué decir de los pases de pecho... Es cierto que la casta del toro no regaló un muletazo para abandonarse como a De Justo le gusta; tampoco la embestida del burel fue del todo franca pues, sin dejar de acometer, se le coló hasta en tres ocasiones dejando el rostro del torero, una de esas veces, empapado en sangre del toro. Faltó la conjunción perfecta, cerrar el círculo sin dar lugar a un solo pero, aunque la verdad de su toreo es incuestionable. De nuevo, la espada y su eficacia. Esta vez cayó baja y en la suerte de recibir. Dos orejas y en mi opinión, excesiva vuelta al ruedo a este Durillo.

Si a la faena del segundo se la quedó algún fleco sin peinar, con la del quinto terminó por hacer la permanente a la anterior. Ese colorado chorreado, Refinado de nombre, se descubrió en los primeros tercios con briosa y galopona entrega, tanto en los engaños, en el caballo, como en el tercio posterior de rehiletes. Castigos que le sentaron bien, gobernando y administrando esa gasolina en combustión para convertirla en calidad cuando Emilio le presentaba la franela y el animal respondía largo llevando la cara hasta el final. Sin rebosarse, pero de lo mejorcito de la tarde. Sensacional fue la tanda con la mano izquierda y media muleta en el suelo a la espera de imantarla al hocico del castaño. El cierre a diestras en dos tandas, con y sin ayuda entre los pitones, ponían la firma -esta vez sin espada- a una tarde en la que se volvió a demostrar que Emilio de Justo es un torero para cualquier plaza, para cualquier toro y para cualquier afición pero, lamentablemente, no para cualquier empresario...

Tras el minuto de silencio, el Himno Nacional y la ruptura de la trenza del paseíllo, Diego Urdiales conversaba con Pirri mientras miraba el caprichoso ondear de las banderas. Gesto que repetiría justo antes de que apareciese por la manga Guitarrista. Ese primero ya llegó al capote del riojano con el medio viaje entre los pitones y con las pezuñas de las manos arañando el percal. Muy abanto y sin fijeza alguna recibió dos puyazos al relance de ambos jacos, a los que acudió nada más verles las orejas por encima de las tablas. Poderoso y muy torero sería el inicio por doblones del estribo al tercio, pero Diego no se terminó de acoplar con él. De parecer querer ir a más, a quedarse en las zapatillas sin contemplaciones que resolvió con los arreglos florales de los molinetes, sin llegar a parchear la falta de mando que denotó el de Arnedo y que sí tuvo con el cuarto.

Un toro muy alto de manos y cruz, con un morrillo prominente a la altura de la barbilla del torero, al cual le sopló los pelos pidiéndole respuesta en la apuesta que supuso su planteamiento de faena en cada cite. Un animal que le había tirado un derrote seco en el tercer muletazo de apertura a la altura del pecho, y al que supo encandilar para llevárselo a su terreno cuando nadie lo esperaba. Diego pisó el sitio, mandó sobre cada embroque imprimiendo mando y sin asomarse en ningún momento al muletazo. Sabía perfectamente que no le iba a regalar ni uno y, pese a ello quiso, supo hacérselo con templadas caricias, torería, apabullante oficio y sin ninguna vulgaridad pastelosa hacia la galería. Estocada contraria y oreja de ley de leyes.

Se le vino cruzado al capote el tercero de Santi Domecq a Juan Ortega. Allí le esperaba la figura sevillanísima y aplomada del torero, que mecía el toreo puro a la verónica por fascículos. ¡Qué trago de lujuria! La espera y su runrún; el embroque, la templanza y el adiós esplendoroso de una media imperial con ese juego de brazos. Juan Ortega posee, además de la del temple y la verdad, la virtud de la paciencia. Algo sin duda importantísimo en el toreo. La medida del tiempo. No tanto de una distancia que, sin ser nada del otro mundo, pidió el animal más allá de la segunda raya. Cosa que hizo que el sevillano desnortara sin querer la faena, dándole las defensas al toro pegado a las tablas. Lo dicho, el oficio se resuelve con contratos. Y a este, más pronto que tarde, le van a llover.

El sexto, muy falto de fuerza, tampoco dejó desglosar toda la tauromaquia de Ortega en su plenitud. Que con detalles marca de la casa, una mano izquierda que desprendió fuego en dos naturales soberbios que terminaron detrás de la cadera y una venda que apretaba la cornada interna sufrida al entrar a matar al tercero, fue el menos agraciado del sorteo. Pero, una vez más, dejando su impronta y sabiendo que es un torero al que le esperan.

 

  • Plaza de toros de Villanueva del Arzobispo. Tarde de 'No hay billetes' en un aforo permitido de 1.000 personas. Se lidiaron seis toros de Santiago Domecq, correctamente pero desiguales de presentación y varios de ellos, lamentablemente, de pitones mal arreglados; con movilidad en su mayoría. Destacaron 2° y 5°.
  • Diego Urdiales (verde hoja y oro): ovación con saludos y oreja tras aviso.
  • Emilio de Justo (negro y oro): dos orejas y oreja.
  • Juan Ortega (sangre de toro y oro): ovación con saludos tras aviso y oreja.
  • Parte médico de Juan Ortega: Cornada envainada en el tercio medio del muslo derecho. Una vez abierta la herida se detecta una trayectoria de 6 centímetros, que rompe la fascia y dislacera las fibras musculares. Se repara la herida por planos, se cierra y se deja drenaje tipo Penrose. Pronóstico: Menos grave. Fdo. Dr. Rafael Fuentes.
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