Fue el transcurrir de la tarde —el capote belmontino de Ortega en el 2º y la pureza templada de Víctor Hernández con el 3º— y el de los viejos toreros que habitan en su cabeza lo que quiso arrinconarlo contra el paredón de las tablas para recibir al 4º, a ese menos de medio toro anovillado, a una mano; permutando el capote de una a otra, repartiendo corriente alterna por el ancho de los doce tendidos. Hierático, solemne, sirviendo el cóctel del banquete que estaba por llegar y que nadie esperaba, meciendo a continuación un talego de verónicas recogidas sobre las rayas.
Serpenteaba sostenido en el aire el recuerdo de Rafael el Gallo tras el remate, cuando empezaron a brotar las tijerillas para ponerlo frente al jaco. La Macarena del palco cambiaba el tercio y la Señora de Sevilla le regalaba la Esperanza que necesitaba el de La Puebla, para convencerle de que sí, de que ya tendrá una historia escrita y troquelada en la memoria, pero siempre le quedará una más por escribir.
Y José Antonio pidió los palos. Y las avivadoras en sus manos encendieron la Maestranza: de fuera a dentro el primero, al sesgo, el segundo y, el tercero, citando desde una silla cedida desde el palco de los maestrantes.
La banda del maestro Tejera no quería dejar de tocar cuando Morante se había vuelto a sentar en la silla, con la muleta montada, prologando por alto unos ayudados gallistas que barrían el lomo del pariente de Cuvillo, al mismo tiempo que hacía lo propio de un escobazo con la vulgaridad reinante del escalafón que habita en las ferias. Y los naturales a pies juntos de después. Y aquel redondo infinito que seguirá dando mañana cuando suene el despertador.
Decía ayer en X —antes Twitter— que si Goya, que murió en 1828, levantara la cabeza en 2026, le dieran un pincel y le pusieran delante a Morante, exigiría que alguien le cediera de inmediato una garrocha para así cerrar el círculo de todas las tauromaquias en la figura de un sólo hombre. O en la de un hombre solo. Porque Morante, Ministro del Tiempo del toreo, sigue tocando lo que otros bailan, como un flautista en el Hamelín del Arenal que mira a Triana desde el otro lado del río, como un rey mago en plena explosión de la primavera.