Tras el culmen taurómaco que emergió este jueves del más genial de los toreros de este siglo XXI, un centenar de jóvenes nos echamos al ruedo para sacar a José Antonio a hombros de su plaza.
Mientras tanto, el subdelegado del gobierno y los maestrantes habían dado órdenes de prohibir que unos locos sacasen a su torero por la puerta del Príncipe. ¡Que osadía, por Dios! Van a sacar a un torero por su Puerta del Príncipe, esa puerta que "es sólo suya", como la plaza. Porque ellos son los guardianes de la más amplia rigurosidad y esencia, la que ejercen unos señores -nobles- encorbatados sin ápice de vergüenza y conocimiento, siempre contrarios a la tauromaquia. No pudieron con el legado de Joselito el Gallo ni podrán con el de Morante.
Sin cortar trofeos, sí, sin cortar nada. ¿Estáis locos? ¿Como sois tan ignorantes? ¡Estúpidos! ¡Niñatos! ¡Vais a acabar con la fiesta¡
Largartijo y Frascuelo tampoco llegaron a cortar apéndices a los animales -porque antiguamente no se cortaban orejas- y salieron a hombros miles de tardes. Preguntadle a Belmonte cuántas orejas cortó la primera vez que se lo llevaron desde la Maestranza a Triana en hombros.
En el toreo no hay reglas, hay cánones, que no son lo mismo que las reglas. Las reglas únicamente derivan en un intervencionismo (administrativo) desmedido para con el arte, el canon se centra en la aspiración a la belleza y la verdad.
¿Verían ustedes bien poner un arbitro que pitase las faltas graves y parase la corrida a mitad de faena? Pues desde luego que sería un desacierto, al igual que lo sería si lo pusieran en un tablao flamenco, en un teatro o en un concierto.
¿A caso serían ustedes tan osados de parar el pincel de Velázquez cuando trazó la faz de “Maribárbola” (la menina fea de las Meninas)?
El Premio Cervantes, don Rafael Sánchez Ferlosio, ya aludió a unas “reglas del arte” enmarcadas en unos cánones; lograr su ejecución conforma la finalidad del torear. En el toreo “el modelo no consiste en ningún desplegable semejante, sino en una baraja de imágenes perceptivo-motoras, donde tiempo y lugar están abstraídos y contraídos como eventuales o representados como tensiones”. El toreo es un acontecimiento, una “figura viva” que no volverá a repetirse tal y como se ha expresado.
Ayer me acordaba de la conferencia que en 1933 Federico García Lorca dio en Buenos Aires sobre el “juego y teoría del duende”. Ante la diserción del duende (como concepto abstracto) apuntó que el “duende opera sobre el cuerpo como el aire sobre la arena”. El duende es un éxtasis que surge del sentimiento más íntimo. En definitiva, la pureza más enloquecida de una persona. “El duende no se repite como se repiten las formas del mar en la borrasca”, surge y se desvanece en el momento que acaba la obra. Como decía Rafael de Paula: ¡despojos! ¡las orejas son despojos!
Pues eso, no limiten el arte a trabas burocráticas, dejen libertad a la expresión del hombre, su arrebato y a la locura del PUEBLO.