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Morante y Urdiales o la eternidad clásica del toreo
Profundo derechazo de Morante // Estefanía Azul
CRÓNICA SANTANDER | Corrida de toros

Morante y Urdiales o la eternidad clásica del toreo

Darío Juárez

¡Con la goma!, gritaba Morante a los operarios del piso plaza de Cuatro Caminos cuando encendieron los indomables aspersores que empezaron a encharcar el frente de las tablas de los tendidos de sombra, después de que el polvo casi dejara ciego al matador cigarrero cuando recibió al primero. Un hecho anecdótico que se quedaría en un segundo plano tras una ferviente tarde de incontestable contenido artístico, que de primorosas maneras dejaron el sevillano y Urdiales sobre el ruedo cántabro en la segunda de abono de la Feria de Santiago. Aguado sorteó un lote muy venido a menos que, a excepción de la calidad del segundo hasta que se paró, fue en la tónica de una corrida de La Ventana del Puerto que remendó un par de ejemplares del Puerto de San Lorenzo, a la que le faltó pujanza, casta y finales.
 
La humanidad no está preparada para asimilar a un torero como Morante de La Puebla. No existe una ley de pandemias que sepa frenar el contagio severo y vicioso al que está sometiendo, tanto al morantismo de cuna como a los que en su día fuimos sus mayores negacionistas, y hoy buscamos un sitio para subirnos a su carro. Algo irrefrenable y sacado de un contexto regular y sorpresivo, verdaderamente desconocido hasta ahora, pero voluntarioso y con un aura inenarrable de figura de época.
 
A Morante, como decía Muruve en Twitter, le vale el guapo, el feo, el malo y el bueno. Ha llegado un punto en que ve toro hasta en aquel al que hace unos años ya le hubieran sonado los cascabeles de las mulillas diez minutos antes. Su brillante temporada de gestos y triunfos siguió su curso hasta la ribera del Cantábrico. Había que llegarle mucho a ese 4° demasiado vareado que se lo pensó mucho en los primeros tercios, y al que Morante tuvo que enseñarlo a embestir por bajo, de las tablas a los medios. Con premura le cambiaría los terrenos, a sabiendas de que la querencia del toro -como la de toda la corrida- eran los adentros, pero sin resignación ninguna se lo dio todo allí. La colocación sin mácula chocaba con el marrajo que tenía delante, al que acabó dando fiesta por el derecho, quedándose muy quieto, toreando hasta con la mano libre de engaño, y ensortijando a la parroquia con un hatillo de reminiscentes remates gallistas o joselitistas, ante la imposibilidad de ligar embestidas que no escupieron un hálito de profundidad. Fue darlo muerte y aparecer un gallo correteando sobre la arena. Benditas casualidades.
 
Más volátil y desordenada fue la faena a un primero y nobilísimo estampado torito, al que la tablilla no hacía honores con los quinientos y pico kilios que rezaba. Un animal brusco de salida al que logró ahormar con buen tino en el templado quite por chicuelinas, y que le duró apenas tres series por el derecho, donde un encajado Morante no logró templar el final de muletazo que sí traía el embroque.
 
A la Accademia de Carrara de Bérgamo le falta un cuadro de Diego Urdiales. Una obra que ruborizase al catálogo renacentista y escolástico de Pisanello o Botticelli, con un instante preciso y taxativo en el que las muñecas del riojano duermieran sobre lienzo y a golpe de nana, por ejemplo, la faena al segundo de la tarde. Muy suelto y huidizo de percales se mostró el de La Ventana del Puerto al que Diego condenó a la gloria con su mano izquierda. La muleta del de Arnedo servía el prólogo de la obra barriendo el lomo hacia las dos rayas. La naturalidad se despachaba en cartillas de racionamiento, cuando aparentó ser alguien por el derecho. Sin embargo, la vorágine llegaría en aquellos naturales que, tras la gallardía y el empaque del cite enfrontilado, se perdían en el envés de la cadera. Templado, muy templado, y pintando con el alma esos trazos que salían de su muñeca dando la razón a los espejos. La traca final la encendieron tres derechazos hondos y mandones enzarzados a dos trincherillas y otro par de ayudados por bajo.
 
Mermado, muy descastado y sin ninguna transmisión resultaría el quinto, al que sin tener la necesidad de haberle dado una faena tan larga, le supo mostrar, y matar en corto y por arriba.
 
Sobrante de sosería y carente de empuje y casta saldría el lote de un Pablo Aguado que estuvo muy por encima de ellos, dejando detalles de esa cara y templada torería que profesa el joven matador sevillano, aunque muy lejos de redondear a ninguno de las dos.
 
 
  • Santander. Coso de Cuatro Caminos. Viernes, 23 de julio de 2021. 2ª de la Feria de Santiago. Casi lleno permitido. Se lidiaron 4 toros de La Ventana del Puerto y 2 de El Puerto de San Lorenzo (1° y 5°), de dispar presentación; faltos de empuje y raza, pero nobles y manejables en su mayoría. Destacó la efímera calidad del 2°.
  • Morante de la Puebla (caña y azabache): ovación con saludos tras aviso y ovación con saludos.
  • Diego Urdiales (rioja y azabache): oreja con leve petición de la segunda y ovación con saludos tras aviso.
  • Pablo Aguado (burdeos y oro): silencio tras aviso y ovación con saludos.
  • Se demonteró Víctor Hugo Saugar Pirri y Juan Carlos Tirado tras parear al 5°, e Iván García tras hacer lo propio frente al 6°
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