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Talavante y el capricho tonto del destino
Desplante hacia el tendido de Alejandro Talavante en Madrid. // Plaza 1
OPINIÓN | Con la firma de Darío Juárez

Talavante y el capricho tonto del destino

Darío Juárez


Refugiarse en efemérides durante el confinamiento resultó ser un trago de resignación asistida un tanto abrupto. El encierro nos instaló en la nostalgia de manera recurrente, convirtiéndonos en una masa vulnerable y contradictoria de esa infinita red clientelar de recuerdos que sabe herir como nadie los sentimientos secuestrados de aquellos aficionados que sangraban por no saber cuándo volverían a pisar una plaza de toros. Lo extraño es que en ese espacio ingobernable de sinrazón vírica, el retorno más esperado del torero más esperado pasó radicalmente a un segundo plano; el concepto de anhelo utilitarista hacia Talavante había sido violado por un virus sin remordimientos, el capricho tonto de su destino.

Nueve días tardaron los Reyes Magos en decirnos dónde habían dejado escondido el regalo que nos faltaba de la carta de 2020. En Olivenza, claro. El 15 de enero Alejandro oficializaba su regreso a los ruedos con una fotografía en su finca, en la que aparecía flanqueado por sus dos nuevos apoderados, el maestro Joselito y el recordado Joaquín Ramos. Un escenario que escupía sin censura la voluntad de tomar el camino de la independencia a partir de esa foto y tras ese impasse de casi año y medio, tristemente herido por las cornadas de ese hambre que se alimentaba únicamente de los filtros de Instagram tentando al sol de Extremadura. 

Por mucho que existan aficionados pragmáticos que intenten convencer del paralelismo relativo que existe entre ambas carreras -porque efectivamente existe-, el talavantismo ha encontrado peor sino que el tomasismo. Los groupies sensatos del monstruo de Galapagar hace mucho que dejaron de velar su regreso. Entendieron que el premio gordo está ahí; cuando aparece sorprende, pero no lo ven venir. Sin embargo, con Alejandro pasa algo distinto. El tránsito de la estela de su ausencia por la temporada 2019 evocaba la necesidad de su regreso con premura: Aguado reventaba Sevilla, Roca Rey las taquillas y el G-5 el interés de esas ferias en las que se seguían dando los mismos carteles desde 2007 pero, ¿y Talavante?, ¿dónde estaba Talavante? Talavante era de todos, joder. 

Evadirse no era una opción. Su yo contemplativo le invitó a vaciarse a sí mismo para alejarse momentáneamente de la profesión y buscar en sus aficiones una huída hacia adelante que le diera sentido a la felicidad que un día se esfumó y a ese más que deseado retorno del que todo el mundo hablaba desde su sorprendente despedida en El Pilar de 2018. Nueva York no es Olivenza pero también resucita. Entre veladas de boxeo, galerías de arte y conciertos de Woody Allen, Alejandro buscó resetearse por completo. Además de aferrarse al yoga, quiso viajar a Londres, pegar una media con una americana frente a los Campos Elíseos, teñir de madridismo un tentadero con Ramos, Nacho y Keylor, o torear bajito y en privado para llenar el alma del genio sevillano y su guitarra, Vicente Amigo. 

La afición sigue huérfana de la mejor mano izquierda del escalafón, pero Alejandro pide un 80% de aforo, como mínimo, para volver a torear. Una postura lógica si se entiende como acontecimiento lo que supondrá y quiere el propio matador que suponga un regreso de tal magnitud. El 11 de abril del pasado año era la fecha elegida para su reaparición en las galas Arenas de Arles con toros de Adolfo Martín, Garcigrande y Domingo Hernández. El covid truncó la idea de un regreso cantado desde todos los confines del universo taurino: Talavante no volvía, el mundo se había puesto del revés y tocaba seguir esperando.

Ya queda menos. 

 
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