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GALERIA FOTOGRAFICA DEL FESTEJO.//VICTOR MOYA
Espadas sin filo
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Espadas sin filo
CRÓNICA TOLEDO | Feria del Corpus

Espadas sin filo

Joaquín Romera

Segunda corrida del Corpus con un cuarto de plaza de asistentes en los tendidos, tarde calurosa como las precedentes esta semana de feria toledana.

Se guardó al finalizar el paseíllo un minuto de silencio por la muerte del maestro Andrés Vázquez y fue homenajeado Eugenio de Mora en el ruedo, por sus 25 años de alternativa ,por parte del empresario del coso, Nacho Lloret, y del presidente de la comunidad de propietarios de la plaza, Eduardo Martín Peñato.

En los chiqueros, seis toros de la ganadería de la tierra del Conde de Mayalde, que a la postre salieron nobles y colaboradores, sobresaliendo el extraordinario quinto ideado por Eugenio de Mora.

El moracho hacía el paseíllo en el coso de Mendigorría precisamente el año en el que se cumple un cuarto de siglo de su doctorado, enfundado en un terno blanco y oro; con responsabilidad y a la vez sabedor de que toda esta etapa ha sido el referente taurino de nuestra provincia.

El mejor toreo salió de sus muñecas, pero la espada cerró la puerta grande, que habría abierto si no hubiese fallado en la suerte suprema.

Recibió de capa a su primer enemigo con soltura, sabedor de la nobleza del astado pese a estar justo de fuerza. Y dedicó la faena a don Santiago Calvo, el que fuera deán de la catedral de Toledo, un gran aficionado a los toros, que ocupaba una delantera de grada y que recibió una cariñosa ovación del respetable al recoger la montera del torero.

Suave en sus trazos, llevando al animal a media altura y dejando momentos relajados con gusto con la diestra. Fue metiendo al morlaco en el canasto y este fue afianzándose más en el ruedo, lo que hizo que la faena cogiera temperatura, valiéndole para cortar la única oreja que se llevó de esta tarde de la plaza de toros.

El segundo toro del moracho fue un serio cinqueño de la ganadería de Rafael Finat que puso al principio en serios apuros a Eugenio, aunque supo con oficio solventar la labor.

Con la muleta en la mano, es un prodigio y su temple sobradamente conocido, lo que le valió para tener fe en un animal que fue a más y quiso coger siempre los engaños por bajo. El trasteo conectó con los tendidos y las orejas las tenía prácticamente en la mano, pero el sorprendente fallo a espadas le sepultó la posibilidad de triunfo.

El quinto de la tarde y tercero del torero toledano fue el mejor del festejo. Un animal negro, bajo y rematado, que hacía el avión por ambos pitones desde que salió a la arena. La labor más importante la realizó con la pañosa Eugenio De Mora, que citó de largo siempre al burel, que la tomó con franqueza y recorrido, a la vez que se ralentizaba en el temple de las muñecas de la espada.

El nivel alcanzado en esta faena fue mayúsculo, de las mejores faenas que se han visto a Eugenio en la plaza capitalina, con un respetable entregado y un torero correspondiendo en su trasteo por ambas manos. El problema vino a la hora de descabellar, pues enterró el acero al primer intento en lo alto, pero la cruceta no quiso hacer su labor y quedó todo en una cariñosa vuelta al ruedo.

Álvaro Lorenzo pudo igualmente haber salido a hombros del coso de Mendigorría, pero el temple de sus aceros se lo impidió. Antiguamente, los matadores usaban espadas de la casa Bermejo, famosas por su calidad y su efectividad en la suerte suprema. Pero ahora la efectividad que estamos acostumbrados a ver en los toreros se queda en un espejismo.

El torero de la capital no quiso quedarse atrás y paró a su primer animal con mucha cadencia y armonía. Entregado desde el principio, se dobló con el astado y lo condujo tan largo como podían desarrollar sus muñecas. Cosido a las telas llevó el hocico del toro, que obedecía sin protestar, a la vez que iba afianzándose en sus embestidas y en su recorrido. La cruz estuvo en la suerte suprema y fue agradecida por el respetable la labor del espada.

En el cuarto de la tarde, un animal con bondad, vimos otra vez la buena labor de Lorenzo con la capa, sobre todo en un remate de una media antológica.

El punto trágico de la tarde fue cuando el banderillero Víctor Cañas fue prendido primero por el animal al intentar clavar un arriesgado par, siendo luego zarandeado en el suelo, lo que le provocó dos heridas importantes: una de ellas en la cabeza y otra en la axila derecha.

Entre el desconcierto, Lorenzo supo convencer al público de que lo importante estaba en el ruedo y, a base de porfiar, hizo una importante faena, que caló en los asistentes. Pero otra vez la tizona no quiso entrar en el sitio ortodoxo y Álvaro perdió otra oreja que tenía en la mano prácticamente.

Buena fue la faena al que cerró plaza, un toro del Conde de Mayalde que se movió y al que Lorenzo le supo dar su sitio espacio para traérselo toreado con temple detrás de la cadera. Tuvo detalles de calidad y torería, pero el signo de la tarde, la espada de Lorenzo, le quitó de nuevo otra oreja que podía haber cortado.

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